Ad resurgendum cum Christo

Demasiado estaba tardando la Iglesia Católica en aceptar la cremación como una forma de lo más higiénica de deshacerse de los cadáveres. En otros tiempos la misma congregación, si bien con otra nomenclatura, que hoy nos sorprende con declaraciones de una anchura de miras poco habitual en ella, utilizaba la hoguera para purificar las almas de los pobres desdichados que tenían la desgracia de cruzarse entonces con el Santo Oficio.

Gerhard Mueller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se explayó a gusto en la presentación pública de la curiosa instrucción, porfiando en la idea de que los muertos no pertenecen a sus familiares. Con este concepto tan rupturista como provocador, reconozco que estoy en buena parte de acuerdo, pero me rechina un tanto la excusa por la que no se permite la dispersión de las cenizas en ningún medio ni en cualquier otra forma, como convirtiéndolas en piezas de joyería u objetos conmemorativos.

Ni yo ni mi pareja nos imaginamos, por un solo momento, vivir con las cenizas de un ser querido en nuestra casa, pero por lo que pueda ser quiero aclarar que, por nuestra parte, la iglesia católica puede estar tranquila. Por algo así que, francamente, ni nos va ni nos viene, no pensamos contradecirla en absoluto. Pero aceptamos, como no podría ser de otra manera, que haya personas que deseen aliviar el vacío que ha dejado la ausencia física de un familiar, con esa suerte de catarsis inversa.

Pero, por mi experiencia, nada físico suele contribuir a mitigar el dolor de una pérdida humana. Porque una cosa es frecuentar el campo santo con relativa asiduidad, y la otra muy distinta no dejar que la distancia y el correr del tiempo nos permita elaborar el duelo correspondiente, de una forma natural y sana. Evitarlo, sólo nos proporcionará desazón.

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