Adrian C. Doyle & Mrs. Robinson

Mientras extraía de su envoltorio de papel de estraza el ejemplar recibido por correo postal de Las hazañas de Sherlock Holmes, que había solicitado a una librería de viejo de la Capital semanas antes, me he sentido por un momento como la protagonista de 84, Charing Cross Road.

Quien no haya disfrutado todavía de la oportunidad de prendarse de la novela homónima de Helene Hanff, o de estremecerse con la original adaptación a los escenarios teatrales de la obra en su debut como directora dramática de Isabel Coixet, difícilmente podrá comprender de qué estoy hablando. Si bien es la traslación del texto original al celuloide, llevada a cabo por David Hugh Jones en el año 1987, con una Anne Bancroft inconmensurable en el papel principal, la que da toda la medida de su verdadero valor.

Tercer vástago de Sir Arthur y de su segunda esposa, Adrian C. Doyle se obsesionó tanto con la idea de continuar con la obra que había hecho rico y famoso a su progenitor que decidió probar suerte en la literatura de ficción, y fruto de aquello surgió el mejor pastiche hasta el momento y del todo verosímil con Sherlock Holmes y su inseparable doctor Watson como protagonistas. Pero no lo hizo solo, le faltaba talento para conseguirlo, por eso aceptó de buen grado la ayuda de John Dickson Carr, un célebre autor de la época especialista en el género, y entre los dos lograron un resultado excelente y digno del mejor Conan Doyle.

Ahora ese libro, de la editorial Valdemar para más señas pero probablemente ya descatalogado, descansa como el de Hanff en un anaquel entre otros de la misma temática esperando a ser devorado. Eso es lo que hago, no sólo con los libros sino también con los films que me fascinan, es decir, conservarlos a buen recaudo para poder regresar a ellos cuando no me siento con fuerzas o temeroso para explorar otras opciones, hasta entonces desconocidas, que son una incógnita.

Eso me lleva a recordar, por cierto, que ya es hora de que programe una buena escabechina de los libros a los que ya no volveré, seguramente, en los días, meses o años que me queden de vida. No hay sitio para ellos en casa, ni dispongo como sí disponía el excéntrico Francisco Umbral, de una pileta donde lanzar aquellos libros que no tenían nada nuevo con qué sorprenderle.

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