Andrés Ferret y la Filosofía española

Desde la lejanía de las palabras, los comentarios, la admiración… yo también traté a Andrés Ferret, era parte del paisaje de mi infancia y adolescencia, un nombre que sonaba en casa, no como periodista –eso se daba por supuesto- sino como amigo y familiar de personas muy allegadas. Sólo hablé una vez con él, en el castillo de Bellver, cuando se colocó la placa conmemorativa a Alejandro Jaume, hermano de la abuela de Ferret, la tía Paca,  y de mi bisabuelo. Yo había acudido con mi familia porque era un evento muy importante para mi abuelo Andrés. No sé qué le dije, no hubiera ido más allá de un simple «hola» acongojado, Ferret imponía, tenía planta. Cuando murió Ferret contaba apenas 18 años. Al empezar la carrera, su ejemplar de Maquiavelo de Quentin Skinner fue mi ejemplar, re-subrayado, releído, no del todo asimilado. Volví los ojos sobre unas líneas que años atrás habían sido leídas por quien se me presentaba, a juicio de mis mayores, como el gran periodista de la segunda mitad del XX en Baleares. Pero lo más sobresaliente, años después, fue Ortega, quien irrumpió de la mano de Ferret. Dos de los libros del que fuera profesor de derecho constitucional aparecían ahora en las manos de un ayudante que quería enseñar Filosofía a los recién entrados alumnos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UIB.  Había descubierto a Ortega por casualidad y no sin dificultades de lectura. La primera lectura –incompleta- a los dieciséis, Estudios sobre el amor, ininteligible; no me había comido un rosco y pretendía que el gran Ortega me enseñara las sutilezas del amor.  La segunda, ya completa, en Salamanca, de mano de Miguel Ángel Quintanilla, La meditación de la técnica, libro imprescindible para entender la disciplina a la que Quintanilla se dedicaba y el no menos notable José Luis Molinuevo, desde su cátedra de Estética.

Dicen que a la tercera va la vencida, y ahí apareció Ferret post mortem con su ejemplar legado por su viuda Toñi Ferriol de Qué es Filosofía. Ése, desvencijado, sin tapas, editado por Revista de Occidente en 1958, tres años después de la muerte de Ortega y adquirido por Ferret en Madrid en el año 1959 –contaría con diecinueve años- fue mi ejemplar. Amarillo, manoseado y no menos anotado, con una factura dentro de W. Bill ltd. una tienda de jerseys donde el 22 del febrero de 1967 alguien, quizás Andrés Ferret, se había comprado un jersey de lana naranja según atestiguaba la nota que había servido de punto de lectura. Como Ortega, era presumido y, como Ortega, elegante en el vestir y en la escritura, un dandy de la intelectualidad.

El texto de Ortega acaba  citando un haiku antes de finalizar con las propias palabras del filósofo: « “Un mundo de rocío no es más que un mundo de rocío. Y ¡sin embargo!…” Sin embargo…, aceptemos ese mundo de rocío como materia para hacer una vida más completa». A lo que Ferret, siguiendo al autor del haiku y a Ortega añadió de su puño y letra: «¡Y sin embargo…! Mierda».

Está claro que Ferret sabía filosofía, no solo periodismo, como si ese oficio fuera el hermano bastardo de las disciplinas que, con solera, gozan de la estima del colectivo académico y de la no menos elitista estirpe de los filósofos. La filosofía de Ortega tenía dos lugares naturales: la cátedra y las páginas de la prensa diaria. Hace tiempo que las redacciones huyen como de la peste de la filosofía y que los filósofos evitan el trato mundano.  Una lástima. No me resisto a transcribir las palabras de Andrés Ferret publicadas en Diario de Mallorca el 9 de febrero de 1991 con motivo de la muerte de Ferrater Mora, otro grande, ¡qué lástima que a mente tan preclara sólo se le conozca por su diccionario!

«Reciente la muerte de Ferrater Mora –otro orteguiano de pro en algunas fases de su vida-, resulta curiosa esta persistencia del magisterio del autor de ¿Qué es filosofía? Entre los últimos grandes pensadores que se nos están muriendo. Y al hilo de la idea, se resiente la nostalgia por la España que pudo ser, no fue y ya no será jamás, porque la guerra civil segó las mejores realidades y las más seguras esperanzas. La vida universitaria –espléndida en el primer tercio del siglo XX-, la huella de la Institución Libre de Enseñanza, la Escuela de Madrid, el eco del 98, la presencia viva de Ortega en cuanta empresa intelectual valía la pena pensar e invertir, la generación poética del 27, el legado científico de Ramón y Cajal: tantas y tantas cosas que se llevaron para siempre la trampa y los tramposos.

La delicada y sensible María Zambrano fue una más en el colosal naufragio de la cultura española a partir de 1936. Sólo que en ella, al exilio se añadieron la soledad y la pobreza hasta extremos inimaginables. Nadie sabe cómo pudo sobrevivir Zambrano durante décadas de destierro, y alguien afirma que se alimentó de la luz.»

Andrés Ferret exhibía una mirada lúcida sobre la realidad y una visión sinóptica. No había lugar para miopes localismos, era un intelectual y un periodista a la vieja usanza, de los que ahora nos vuelven a hacer falta. Fecunda ha sido la prole de Ortega en la que no estaría de más situar putativamente al propio Ferret.

Un comentari a “Andrés Ferret y la Filosofía española

  1. Excelente y entrañable escrito Andrés:
    Conocí bastante bien a Andrés Ferret, era de mi generación, y amigo de otros amigos, que con él habían estudiado en Montesión: Toni Tarabini y Félix Pons. Pero lo que no sabía, era que llevabais parte de la misma sangre.
    Cuantos entrañables recuerdos apuntas, de instituciones y personas, que tanto han influido en mi forma de pensar: Ortega, Ferrater Mora, María Zambrano (a la que llegué a conocer en persona), La Institución Libre de Enseñanza… Que gozada recordar todo eso, especialmente en estos días tan convulsos, tan alejados de aquellas formas amables, inclusivas y racionales, de pensamiento.
    Un gran abrazo,

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