Cada vez más pobres

Hace dos años, el informe de Oxfam Intermón, Europa para la mayoría, no para las élites, situaba a España en cuarto lugar entre los países donde más había aumentado la desigualdad social; hace apenas unos días, un informe similar nos situaba en segundo lugar. Una medalla de plata lacerante y muy poco honrosa.

La semana pasada, los periódicos y medios audiovisuales se inundaron con la noticia de la astronómica subida de la electricidad, de cuyo recibo mensual el aproximadamente 55% del total a pagar son impuestos. Estas noticias vienen a ser como un rayo de luz que se cuela por entre el espeso cortinaje de desinformación con que cubren nuestras conciencias, dado que de paso nos enteramos de que hay cinco millones de conciudadanos que sufren pobreza energética y que las tres grandes empresa eléctricas (Endesa, Iberdrola y Gas Natural) sumaron un beneficio de 4.218 millones de euros en su último balance contable.

El caso es que a la vez que se suceden los recortes en las prestaciones sociales, educativas y sanitarias, nos aumentan el precio de los servicios de telefonía, agua, energía, basuras o residuos, a más de la subida de la miríada de impuestos locales, autonómicos y nacionales con que nos fríen a diario. Si añadimos los bajos salarios y la pérdida constante del poder adquisitivo de los mismos no puede más que concluirse que cada día que pasa somos más pobres. Hace ya unos cuatro años, otro informe europeo pronosticaba que en España habrá, en el año 2025, unos veinte millones de pobres, el 42% de la población censada y el 33%, a su vez, de todos los pobres de la Unión Europea. Es decir, que de cada tres indigentes de Europa uno será español. Y al parecer, en esa senda andamos.

A la grey no hay que pedirle mucho porque transita anestesiada, como casi siempre, pero a nuestros supuestos partidos de izquierdas habría que recordarles que no estamos en la Constantinopla del siglo XV, cuando se discutía sobre el sexo de los ángeles mientras la ciudad estaba sitiada por los otomanos, sino en el siglo XXI, momento en el que ya no puede ignorarse la evidencia de que la democracia formal es imposible sin la democracia económica.

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