Claudio Moyano, lecciones del XIX para el XXI (II): de los manuales y la generosidad

Benditos cementerios de elefantes, ya no quedan… bueno, todavía sí, en Castilla y León, tan criticada por mis queridos nacionalistas que me señalan como invasor y acusan a una región, no especialmente rica, de robar a la vez que le atribuyen un carácter mesetario por el que todavía me pregunto en qué consistirá. ¿Será igual que el resentimiento del que hacen gala? La Diputación de Zamora hará bien en invitarlos a una visita –si es que le alcanza el presupuesto- al Claudio Moyano. Seguro que en Zamora no pasa que al coordinador de Filosofía de Selectividad le critiquen por peguntar en la prueba de acceso sobre los juicios sintéticos a priori en Kant o por poner una traducción de Aristóteles de Valentín García Yebra en la que aparece la palabra quididad como me pasa a mí en la comunidad donde el trilingüísmo es un proyecto fallido y la tasa de mortandad académica está exacerbada junto con los datos del informe «trepitja». Formación del profesorado… pedagógica y de contenidos, mientras tanto, morbosidad educativa sin precedentes con visos de pandemia endémica, sobre todo eso último, endémica.

Ayer como hoy pienso que los buenos manuales son imprescindibles, que el silencio y el orden, básicos para un buen aprendizaje y que al profesorado, ante todo, se le ha de respetar, lo que no es sinónimo de colegueo infantiloide sino de genuina relación de ayuda educativa como apunta Fritz März en su Introducción a la Pedagogía, otra especie en extinción como la Introducción a la Pedagogía de Ricardo Nassif que heredé de mi madre – por cierto, el único libro que pudo comprarse durante sus estudios de magisterio. Se ve que un buen libro dura varias generaciones. El profesor no es un inquisidor, es un hombre o mujer que educa, y el profesor de universidad no lo es menos, aunque a menudo lo olvide. Educar es sacar de la piedra bruta lo que pueda salir de ésta. Se habla de cuantofrenia; neuróticos por sexenios, índices de impacto, evaluaciones externas… y nos olvidamos de que no somos menos educadores que los profesores del jardín de infancia. Comenius sostiene que la escuela es un taller de la humanidad, un lugar de donde salen humanos. Pero formar humanos no es instruirlos y no saberse ni sus nombres; sino amarlos, es filantropía, por muy remunerada que esté. Es un acto de generosidad cartesiana, no de mezquindad superlativa y egocéntrica. ¿Lo conseguimos? ¿Es que ya nadie lee libros? ¿Es que ya nadie escribe tratados como toca? En la modernidad diarreica la algarabía no deja ni pensar, ni que «el alma hable consigo misma» como recuerda el divino Platón en su Teeteto. La educación es cuestión de lentitud y generosidad. Mi más sentida enhorabuena para el buen hacer de tantos profesionales de la educación que persiguen lo que han conseguido en el Claudio Moyano de Zamora.

Un comentari a “Claudio Moyano, lecciones del XIX para el XXI (II): de los manuales y la generosidad

  1. La Universidad aborrece los manuales. Los proscriben y persiguen y bien sé, por mi sobrino, que se llega a penalizar el pensar críticamente sus contenidos. Paradoja tras paradoja, por no decir directamente contradicción: el manual se prohibe y su crítica también. Resultado: la creciente esquizofrenia del alumnado.

    Jacobo.

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