Claudio Moyano, lecciones para el XXI (I): de los profesores de instituto

Claudio Moyano (1809-1890), ministro de instrucción pública y el autor de la famosa «ley Moyano» o Ley de instrucción pública que aguantó prácticamente hasta la ley general de educación de 1970, casi nada, vuelve a resonar más allá de las aulas de Historia de la Educación española. Su ley no era perfecta, pero sí que contribuyó sobremanera a que un bachiller fuera eso, un bachiller. Moyano, zamorano de nacimiento, dio nombre al instituto decano de aquella ciudad y ya, en el pasado 2016, más de ciento cincuenta años de su promulgación, el Instituto Claudio Moyano nos da una lección y en la época de las reformas constantes del MEC su nombre pervive como joya de la corona de la educación secundaria. Recuerdo perfectamente el edificio del Claudio Moyano, cuando era estudiante en Salamanca. No fueron pocas las veces que visité Zamora. Un edificio precioso que suscitaba las ganas de aprobar oposiciones de bachillerato para hacer de Antonio Machado en Zamora y no en Soria, comer como un cura en una casa de comidas regentada por dos hermanas donde tenía su colación media diócesis y pasear por los aledaños de la catedral con vistas al Duero. En Zamora el tiempo se había detenido, y, aún helado por el cierzo, parece que esa ciudad, olvidada incluso en Castilla y León, está a la vanguardia. La Posmodernidad, para quienes no lo sepan, no empieza en el París de Lyotard ni por supuesto en la Barcelona de Gaudí, sino en la Salamanca de Federico de Onís. El frio conserva, eso lo sabemos todos, hasta cura embutidos, pero no es tan reaccionario como algunos suponen.

No estudié en el Claudio Moyano, ni en el Ramón Llull, sino en la que antes fuera la Normal de Palma de Mallorca, es decir, lo que después fue el Instituto femenino Juan Alcover, y luego pasó a ser «mixto». Ahora es «Intitut J. Alcover», con la anormal «normalización lingüística» no han tenido ni el detalle de limpiar la fachada y la sombra de la «O» sigue en la pared. Creo que por entonces también habían modificado las letras de la entrada, pero para todos era el «Juan Alcover». Tuve a muchos profesores que ya mi madre y mis tías habían tenido, ellas estudiaron en ese instituto. Pero hoy el protagonista del informe Pisa es el Claudio Moyano. Quitando desdobles, formación continua del profesorado y bilingüismo –no trilingüismo abortado- hay algo del relato del Claudio Moyano que me es familiar: el silencio. Eso mismo narraba El País el 12 de diciembre de 2016. Un silencio que permitía realmente trabajar. Los profesores no perdían el tiempo mandando callar gente y la indisciplina no aparecía.

Hice bachillerato de humanidades. Un bachillerato extemporáneo, de otro mundo, propio de un camposanto docente que, sin embargo, rebosaba de vida y pasión. De latín, la gramática de Valentí Fiol, de griego, la de Berenguer Amenós, de Literatura española, el libro de García López, un tocho que servía para los tres años de bachillerato, de Historia del Arte, ya en COU, Juan José González, Hauser y Gombricht. Primero de carrera me pareció una idiotez que no estaba a la altura de lo que había tenido en Juan Alcover. Las dinosaurios del Juan Alcover eran sencillamente fantásticas -porque eran ellas- algunas de la cuales habían antepuesto su carrera profesional a una vida marital. Creo que debían ser la segunda generación de pioneras y el Juan Alcover era su reino. Manuela Alcover, emperatriz doctoral y decana del gineceo; María Antonia Martorell -una auténtica profesora de universidad encorsetada en un instituto- no se había movido espiritualmente de la Complutense de Don Diego Angulo, sus clases eran enciclopédicas y, sobre todo, era buena; Joan Miquel Bestard y sus clases omniabarcantes de Literatura española; María Antonia Terrasa; Margarita Bosch; Antonia Andreu y Juana Sánchez; había más, pero o no las tuve, o no eran tan ilustres, o, como una que luego se dedicó al derecho, eran un auténtico suplicio. A esta última se ve que ni Beccaria la debió aplacar, un auténtico emético después de las mieles del difunto Bestard. Los de ciencias no los conocí, pues yo entré en 3º de BUP huyendo del Guillem Sagrera: ahí no había quien diera clases y mi padre me hizo caso y me sacó de ese instituto. Una mención especial a las que me dieron los rudimentos del que después sería mi oficio, las profesoras de Filosofía Terrasa y Bosch, ya felizmente jubiladas. Con María Antonia Terrasa vimos una buena parte del libro de Lógica de Alfredo Deaño, amén de silogística. Margarita Bosch, de Historia de la Filosofía, me presentó el Julián Marías. Cuando llegué a la UIB había estudiado más Filosofía Antigua y Medieval con Bosch que en esos 18 créditos que podíamos cursar en Cra. de Valldemossa km 7,5.

Hoy sigo recomendando el libro de D. Julián a mis alumnos universitarios junto con su Introducción a la Filosofía y las Lecciones preliminares de Filosofía de García Morente. Algunos colegas me critican por eso; es el mejor tributo que me pueden rendir. En cuanto a la Lógica, 18 créditos echados a perder en clases fantasmagóricas en las que no había manual más que en el despacho del profesor, escondido y polvoriento. El libro secreto era una Introducción a la Lógica de Copi, una maravilla, que descubrí cuando ya era profesor y en esos años de 1998 a 2000 –dos años previos a mi exilio liberador en Salamanca propiciado por la generosidad de mi familia. La Lógica después de las lecciones de Terrasa supuso ignorar lo más elemental de dicha disciplina hasta llegar a Quintanilla, Mara Manzano o Sebastián Álvarez, ya en la Universidad de Salamanca, excelentes profesores y académicos, como lo fueron Molinuevo, Rodríguez Molinero, Laureano Robles, Cirilo Flórez y otros tantos. No recuerdo mezquindad alguna de su parte, sino más bien trato digno, respetuoso y, sobre todo, generoso. Daban mucho y pedían lo que se le podía pedir a un joven de veinte años, el resto, sabían que era cuestión de tiempo.

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