Cómo hemos cambiado

Llevaba varios años que no me daba un paseo como Dios manda por el Parc de la Mar. El culpable de que me decidiese a cruzar la ciudad para meterme de lleno en la boca del lobo fue mi amigo Thierro. Le había prometido que visitaría su exposición escultórica, antes de su retirada de los lindes del lago donde estaba ubicada junto a la de otros buenos artistas plásticos, y no podía defraudarle.

No me gustan nada las aglomeraciones, por eso huyo siempre de los ambientes multitudinarios o de cualquier otro escenario que pueda poner en un brete mis deseos de tranquilidad. Pero ayer, no sé muy bien por qué, no me importo cruzarme con la marabunta de hombres, mujeres y niños que celebraban el día de nuestra comunidad autónoma en sus aledaños. Un interminable cordón de casetas a lo largo del Passeig de Sagrera, ofreciendo desde panades, ensaïmades i formatges como producto de consumo autóctono, hasta una buena muestra de manufacturas foráneas, parecía no dar abasto ante tanto potencial cliente. No recordaba nada semejante en años, aunque claro está que mi opinión no se puede tener demasiado en cuenta. Con lo poco que salgo de casa y que, en consecuencia, dejo de socializarme es muy posible que mi valoración sobre este tema peque de insustancial o incluso de fútil.

En mi juventud solía recorrer las calles de Ciutat, cámara fotográfica en ristre, buscando cualquier cosa que me llamase la atención para inmortalizarla. De aquellas incursiones, apenas quedan unos pocos clichés que guardo no sé muy bien dónde ni en qué estado de conservación. Entonces, no me importaba la gente ni las aglomeraciones que éstas pudiesen formar, y nada me gustaba tanto como que me sorprendiesen. Con los años sin embargo –lo digo con conocimiento de causa-, uno se domestica, y cualquier cosa que se salga de la rutina diaria acaba desbaratando para mal todos planes.

Algunas veces, aunque pocas, esa es la verdad, echo en falta la desfachatez de tomar decisiones, como quien dice, a salto de mata. Hoy todo en mi vida está fiscalizado, desde la hora en que me levanto hasta la que me acuesto, lo que como y en qué cantidad, o mis momentos de asueto y cómo los ocupo. Ahora bien, si se me ofreciese la oportunidad de repetirlo sin duda la declinaría, porque cada cosa a su tiempo y un tiempo para cada cosa.

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *