¿Conocimiento inútil?

Durante los cuatro años de legislatura del Partido Popular que ya van llegando a su fin hemos tenido que oír y presenciar todo tipo de ataques en contra de la universidad y de la educación pública. Se podrá poner remedio, si se quiere, a los años de recortes de personal o de recursos para becas, investigación o, simplemente, para seguir manteniendo con un mínimo de dignidad y solvencia la universidad pública. Pero lo que más preocupa es el efecto de cierto discurso que ha calado hondo en la ciudadanía, en la clase política y, lo que es peor, en determinados colectivos académicos.

La tesis es muy sencilla: hay conocimientos útiles y hay conocimientos inútiles. Los primeros deben ser subvencionados y tienen un interés claramente social, los segundos si son subvencionados es por cortesía y, a lo sumo, tienen un interés estético, un adorno cultural que está bien para pasar el rato o simplemente para que el pasado continúe perviviendo, aunque no se sepa por qué debe otorgársele continuidad bajo el rubro de «patrimonio». Por ende, la universidad pública debe gestionar razonablemente los recursos que recibe de la sociedad y así primar la financiación del conocimiento útil en menoscabo del conocimiento inútil que, si lo mantiene, es por cortesía, porque hay un pequeño superávit en la partida presupuestaria y porque al fin y al cabo cuatro locos que no tienen capacidad para dedicarse a cosas más provechosas deben seguir rellenando las páginas de opinión de los periódicos, organizando recitales de poesía –nadie dirá si sirve o no-, creando opinión o haciendo de divulgadores de la cultura –tampoco nos dirán qué cultura, tanto da Ramón Llull en boca de Isabel San Sebastián o los toros «alma de España». Tanto ese discurso como cualquiera de sus modalidades es tremendamente peligroso y amenaza en última instancia al objetivo final de toda educación: la formación del juicio del ciudadano.

Al contrario de aquellos que resuelven todos los problemas en un asunto de gestión tecnócrata, considero que no hay conocimiento inútil. Tan importante es mantener con fuerza y vigor unos estudios de filología semítica –inexistentes en una comunidad con una historia de dominación islámica relevante- como mantener la salud de una educación musical y artística de calidad, pretender una facultad de medicina o propiciar una economía basada en el conocimiento a través del desarrollo de los estudios y la investigación en nuevas tecnologías. Es obvio que no hay gobierno que tenga la tan ambicionada «máquina de imprimir billetes» pero no es menos evidente que las decisiones que se toman tienen siempre consecuencias. La peor de ellas es aquella que consigna el saber a una mera aplicación mecánica dirigida a un más que dudoso progreso económico y social y deja de lado la tarea de educar críticamente, es decir, formar el juicio y la sensibilidad del ciudadano.

Educar no es simplemente instruir; no se trata de formar sólo buenos economistas, buenos médicos –todavía no podemos- o buenos ingenieros. Se trata de que sean buenos porque son capaces de ser críticos además de competentes, porque frente al hacer a ciegas, prefieren una reflexión acerca de cómo estar en el mundo que pueda guiar los diversos planes de acción. No hay un monopolio de la crítica. Tan buen crítico puede ser el físico en su laboratorio como el filósofo en su sillón, al igual que ambos pueden ser dos pedantes que se dediquen a repetir esquemas ya consignados por una autoridad incuestionable. Sin embargo, pese a esa transversalidad de la crítica, sí puede decirse que el mantenimiento y la financiación de aquellos saberes que algunos ven como claramente inútiles y que otros no dudan en circunscribir a las humanidades sí desempeñan un papel clarísimo en la sociedad y la economía del conocimiento. No basta saber, hay que saber para qué se quiere saber y qué se desea hacer con el saber. Éste nunca es una cuestión neutra. Así la crítica no es la aplicación sin más del raciocinio sino que su ejercicio conlleva tanto emplear una lógica como comprender un determinado estado de cosas que viene dado históricamente y a través de un formato lingüístico. Por mucho que se quiera reducir el pensamiento a pura lógica, a un álgebra del pensamiento, hay aspectos del mismo que sólo pueden ser comprendidos a través de su desarrollo histórico.

La crítica, pues, como operación básica de un posible estar confortablemente en el mundo y de un saber a qué atenerse no puede prescindir de la historicidad de la razón que se presenta como objeto de su propia actividad. No hay pues saber inútil, la universidad como institución que preserva transmite y origina saber debe interesarse por todas sus formas. Como se ha visto, ninguna es ajena a los intereses de la sociedad a la que sirve. Del mismo modo que no hay ciudadanos de primera o de segunda, tampoco hay saberes de primera ni saberes de segunda, todos valen.

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