Crítica de la sinrazón práctica

Qué puede tener en la cabeza el sospechoso de tirar piedras sobre el vial de la autopista de Inca, es una incógnita. Imagino que con una exploración psiquiátrica bastante completa se podría llegar al fondo del asunto, pero si se le practica o no lo tendrá que decidir el juez que lleva el caso. Por lo pronto la fiscalía solicita para el susodicho, como responsable al parecer de cuatro delitos de homicidio en grado de tentativa, nada menos que dieciocho años. Cierto es que la broma podría haberse saldado peor de lo que en realidad acabó: con un policía herido por traumatismo y un par de lunas de sendos vehículos destrozadas tras el impacto, pero no está muy claro que el susodicho quisiese hacer daño a nadie.

Eso lo escribo yo aquí, consciente de estar guarecido por la seguridad que me brinda la distancia, porque no creo que fuese capaz de soltárselo a bocajarro a ninguno de los damnificados. Sólo ellos saben lo que en verdad sintieron cuando las piedras lanzadas por el inconsciente impactaron sobre sus vehículos, causando estropicios por fortuna enmendables, y de ellos es la libertad de apreciar si la fiscalía ha sido atinada o no finalmente con sus pretensiones encaminadas a intentar saldar esa deuda con los propios conductores y con la sociedad en general.

El acusado insiste en negar por activa y por pasiva que fuese él quien, la noche de autos, allá por diciembre de 2014, cometió el delito que se le imputa, pero me temo que su coartada es tan endeble que no ha convencido ni a su abogado. Por eso barrunto que la defensa optará por explorar otras vías más realistas, antes de malgastar un cartucho con algo que no tiene traza ninguna de salir adelante.

Dicho esto, que es más de lo que quería extenderme para introducir aquello de lo que en realidad quería hablar, y un buen ejemplo sin duda de la arbitrariedad de muchas acciones ejecutadas por el ser humano, que paradójicamente es quien tiene esa cualidad intrínseca de la que carecen los animales, a menudo más sensatos que él, y que no es otra que el raciocinio, ya sólo me queda la espinosa tarea de concluir este artículo. Por eso lo haré parafraseando a Jules Renard, escritor, poeta, dramaturgo y traductor francés, que siempre tiene una frase para salir del paso: “Estupidez humana. Humana sobra, realmente los únicos estúpidos son los hombres”.

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