Crónica social, o de la profundidad de la superficialidad

No hace mucho que he llegado a mi casa después de frecuentar cierto círculo de aire decimonónico donde un profesor a la vieja usanza dictaba una conferencia sobre la propia institución. Un acto de onanismo académico para cierta sociedad que goza de presentarse informada -más de cotilleos que de noticias- y disfruta de oír quiénes son y por qué son los que son. No era una conferencia, era una misa casi laica en la que un viejo profesor – no sólo a Tierno le compete dicho apodo- ejercía de consagrante y legitimador del estar en el mundo de todos ellos: “Nosotros, los mallorquines, los verdaderos, a los que avalan más de cinco mil años, por no decir eones, estamos hoy reunidos aquí para recordar quienes somos”. Y no había mucho que pensar.

Antes bien recordar la frase de Montaigne sobre las deposiciones de reyes, papas y obispos, pues tal es la humana condición. Sospecho que a los otros asistentes no les pasaría por la cabeza semejante ordinariez, más bien pensarían los que entre medias se levantaban y se iban que ya habían cumplido con el mandato divino de santificar las fiestas: fueron, vieron, se dejaron ver y regresaron a sus casas tal cual habían ido. ¿Para qué pensar más si ya se es élite por no decir cabeza de ratón que no cola de león? ¿Para qué aspirar a más si ya se ha alcanzado el summum de ser visto? ¿Preguntas? No las hay, está todo meridianamente claro. ¿Intervenciones? ¡Dios nos libre de la funesta manía de pensar! No los critico, los analizo. Me merecen todos mis respetos. Ésa parte de la sociedad también existe: unos van al fútbol, otros llenan bares y tugurios, los menos al teatro … la vida social está llena de distinciones y todos quieren ser distinguidos aunque se sienten sobre el mismo trasero.

Ahora bien, no todo es lo mismo. El tiempo es escaso, las opciones múltiples y el gusto… se educa. No es lo mismo el fútbol, los toros o la ópera. Ni lo es ni lo puede ser, porque todo eso son maneras radicalmente distintas de estar en el mundo y de abrirse a la experiencia. Por muy distinguidos que sean muchos de los asistentes a nuestra misa laica, no dejan de ser los mismos que comulgan con ruedas de molino y tosen y hacen ruido con los envoltorios de los caramelos en las óperas cuando las hay. Me perdonará el lector una visión tan pesimista de la sociedad. Hoy es un día triste, seguro que muchos lo han dicho ya, pero no porque empiece una nueva era al ganar Trump, sino porque hace mucho tiempo que ha empezado si es que alguna vez acabó alguna edad dorada. Los que nos dedicamos a la filosofía enlazamos una crisis con otra, incluso en sentido clínico. En la actividad filosófica no hay periodos de paz, si acaso de frágiles treguas. Por eso el afecto dominante es la melancolía según se lee en los clásicos, aunque yo diría que a veces el hastío y otras el sarcasmo. El vigor del filósofo es, sin embargo, la ironía y el temperamento que la acompaña. Les decía a mis estudiantes que soy un filósofo que no cree en la interioridad ni en semejantes cursilerías, antes bien, todo exterioridad, todo superficialidad a flor de piel, todo mundaneidad; ésa es mi filosofía.

 

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