Cultura científica y Ciencias para el mundo contemporáneo. A propósito de Ortega y Gasset y M.A. Quintanilla o de la España que pudo ser

Que la educación es un problema no es nada nuevo bajo el sol, como no lo es que las reformas sucesivas de los distintos gobiernos de la nación están más desorientadas que una brújula con un imán debajo. Las quejas son constantes por parte del profesorado, los padres y la sociedad. Se dice que hoy nada saben nuestros estudiantes y, sin embargo, hemos conseguido las cotas más altas de escolarización de la historia, se ha acabado con el analfabetismo y el porcentaje de jóvenes que cuenta con un bachillerato o unos estudios superiores es más alto que nunca. Tan mal no nos habrá ido si esos son los datos. Pero los datos se interpretan y eso siempre a la luz de un contexto: la sociedad del conocimiento, la sociedad en la que el conocimiento y, de manera específica, las ciencias experimentales, han constituido la principal fuerza productiva. No se trata sólo de que nuestros estudiantes sepan leer y escribir, lo que como profesor constato que no siempre ocurre en el sentido de que muchos tienen dificultades para entender un texto periodístico y expresar por escrito una opinión mínimamente fundamentada sobre el tema. El problema, como denunciaba Feijoo en el XVIII es la superstición o, como más temprano señaló F. Bacon en su Novum Organum, los diferentes ídolos que, como trampantojos ofrecen siempre una realidad desvirtuada. No me he convertido a la metáfora del conocimiento como reflejo en un espejo, como si de una fotografía fidedigna de la realidad se tratara en caso de que la hubiera. Tan necesario es entender y desvelar los arcanos de la naturaleza, expresión que creo que desde el XVII no se ha vuelto a oír, como entender la propia experiencia humana a lo largo de la historia. Ese es el drama de las dos culturas que hace más de cincuenta años denunciara P. Snow en un texto precioso. Hoy, seguimos igual.

Para saber la diferencia entre un virus y una bacteria no se necesita ser biólogo ni bachiller en ciencias. Tampoco para saber que no parece buena idea mezclar lejía con amoniaco, salvo que uno sea de una especie tan extraña que guste del Salfumant como tónico mortal –y no reconstituyente. O que cuando se rompe una tubería, lo primero que hay que hacer es desconectar la electricidad y abrir todos los grifos de la casa, salvo que uno quiera hacer de Europa una patria accidental de los penales tejanos con sus Old Sparky. Si no saben esas tres cosas, preocúpense, a lo mejor deben volver a las aulas o frecuentar la lectura de alguna buena revista de divulgación científica no sólo para constatar que «hoy la ciencia avanza que es una barbaridad» sino que sin ella la vida ya no es posible. Para vivir, para saber orteguianamente a qué atenerse, se necesita un mínimo de cultura científica. Si hay dos personas que en la contemporaneidad han insistido en el tema y en su importancia educativa, esas han sido J.M. Sánchez Ron y M.A. Quintanilla, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Salamanca y Secretario de Estado de universidades durante el gobierno socialista de Zapatero. Quintanilla, a lo largo de su carrera académica ha insistido sobremanera en dos conceptos clave para el mundo contemporáneo: cultura científica y educación científica. Ambos, puede decirse, van de la mano. Cuando M.A. Quintanilla fue durante un breve periodo el filósofo rey, promovió, entre otros, que en bachillerato apareciera una materia llamada «Ciencias para el mundo contemporáneo» tanto para ciencias como para humanidades, es decir, alfabetización científica. Quintanilla no innovó, todo lo contrario, fue en la línea de un clásico nonato en este país. Repitió lo que ya Ortega señalaba en su Misión de la Universidad donde, a otro nivel, sugería un plan de estudios para la universidad entendida como studium generale. Y en ese estudio de generalidades y platitudinariedades que por obvias se ignoran, estaba saber qué era el cosmos, la vida, la información o la tecnología. No hay nivel metafísico, sino mundano, casi hediondamente humano, de actualidad contante y sonante, la misma que te dice que si no quieres coger la gripe harás bien en lavarte las manos con agua y jabón. Ni Quintanilla ni Ortega iban errados. Eso sí, ambos clamaron en el desierto. Eremitas en una turba de burócratas preocupados por la competitividad y los conocimientos «útiles», pero no para educar, sino para instruir.

Del mismo modo que hoy asistimos al drama de las dos culturas, vemos que su único paliativo es la buena divulgación del saber entre la ciudadanía que se quiere responsable y participativa. No se trata de reproducir a don Avito, el personaje de Amor y pedagogía de Unamuno. Don Avito quiere ser fiel, ahí donde los haya, de la nueva fe. Y ya se sabe que los sueños de la razón engendran monstruos. El poder teratogénico no ha cambiado de finales del XVIII a principios del XXI. Como los metales pesados, no auguran buena prole. El conocimiento no es fe, es más bien, descreimiento, pero para dudar, primero hay que creer. De ahí que con la sesera hueca de realidades, perennes o caducas, no pueda echarse a andar. Así, la ciencia, sea para el mundo contemporáneo o para ultratumba si tiene que ser algo es, al decir de Sellars, una empresa en revisión constante. La España que pudo haber sido, no fue y nunca será.

Un comentari a “Cultura científica y Ciencias para el mundo contemporáneo. A propósito de Ortega y Gasset y M.A. Quintanilla o de la España que pudo ser

  1. Otro inteligente y culto artículo Andrés. Hay que releer a Ortega, quizá hoy más que nunca.
    “No se trata sólo de que nuestros estudiantes sepan leer y escribir, lo que como profesor constato que no siempre ocurre”. Mi nieta Emma, que ha cumplido 7 años, gusta de meterse en mi despacho y demostrarme lo bien que ya lee. Cuando termina un párrafo, en general correctamente leído, siempre le digo: explícame que quiere decir eso que me has leído.
    Un fuerte abrazo,

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