Democracia parcelada

En términos sociales, que no políticos, la democracia puede entenderse como un sistema de convivencia basado en la igualdad de sus miembros, que actúan en libertad, y tanto una como otra vienen garantizadas por el conjunto de normas legales que regulan tal convivencia. El concepto de ciudadano remite, en las democracias modernas, a la relación del Estado con cada sujeto individual, depositario de los deberes y derechos establecidos por la ley. Esa relación biunívoca es de obligado cumplimiento por ambas partes.

Pese a que las democracias formales modernas entronizan esos principios, no es nada difícil encontrar parcelas, nichos, ámbitos en los que quedan relegados, lo que viene a significar que el conjunto de normas que los regulan y garantizan se suspenden, cuando no son sustituidos por reglamentos, preceptos o sistemas claramente antidemocráticos. Por poner un ejemplo bien sabido, cuando un trabajador cruza la puerta de la empresa en la que trabaja deja la democracia en la calle, en espera de que acabe su turno.

Quizás el ejemplo más luminoso de esta parcelación de la democracia, de la existencia de zonas oscuras en las que la igualdad y la libertad quedan maniatadas con los grilletes del autoritarismo y los prejuicios ideológicos, es el de la iglesia católica, a la que todos los ciudadanos del país contribuimos a mantener, seamos o no creyentes y queramos o no, bien sea con la ingente dotación presupuestaria establecida en el Concordato, la  exención de impuestos, las ayudas indirectas o las mil y una prebenda que nuestro supuesto Estado aconfesional otorga a dicha organización religiosa.

Todo lo anterior viene a cuento de la interminable ristra de declaraciones con la que los obispos de nuestros predios nacionales, y no sólo de aquí, obsequian a su feligresía: “La homosexualidad tiene relación con un padre ausente y desviado (Obispo de Solsona); “La mujer tiene una aportación específica, dar calor al hogar” (Obispo de Córdoba); “Los homosexuales se corrompen y prostituyen. Os aseguro que encuentran el infierno” (Obispo de Alcalá de Henares); o más recientemente, “El erotismo hace difícil respetar a los niños” (Obispo de San Cristóbal de las Casas).

Deberíamos sorprendernos de la impunidad de esas impudicias antidemocráticas frente al hecho de que una broma por twitter sobre Carrero Blanco suponga cárcel. Para empezar con algo, toda secta religiosa, y la iglesia católica lo es, debería mantenerse exclusivamente con las aportaciones de su feligresía. Y podría seguirse con establecer medidas punitivas ante tanto desbarre homófobo, machista, perverso y antidemocrático.

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