Dialéctica, filosofía y ciudadanía crítica

La palabra dialéctica genera no pocos resquemores. A unos les trae reminiscencias de un totalitarismo de corte marxista, a otros un nubarrón gris de oscuridad que todo lo oculta e impide claridad conceptual. El término es muy rico. De dialéctica habla Platón, Kant, Hegel Marx, Adorno, la posmodernidad y otros tantos. Para unos el término significa una cosa, mientras que para otros tiene una acepción distinta. Incluso sus ramificaciones en otras disciplinas como la psicología no son del todo extrañas, recuérdese a Vigotski o Wallon. El término puede gustar o no. Me es un concepto afín como adjetivo, no como substantivo. Así, se resiste a morir,  y alguna utilidad tiene más allá de la que le quieran ver los historiadores de la filosofía.

A mi entender el pensamiento cuando viste de gala es siempre pensamiento dialéctico. Es éste el modo de pensar propio de una genuina actitud filosófica y no menos tolerante y democrática. Claro está que ha abandonado el taparrabos y la armadura por la toga del civismo. De otra manera, si el término importa es porque lejos de cualquier ínfula totalitaria parece que puede proporcionarnos una vida mejor. No pretendo importunar a fuerza de presentarme como un apologeta de la filosofía y, por ende, del colectivo de aquellos que la cultivan. Pero como ciudadano, sí me veo obligado a defender aquello que creo que favorece el interés general. En efecto, ya se ha dicho en otras ocasiones, formados están y estamos todos, en una cosa o en otra. Quien más y quien menos algo sabe hacer, pero parece que ni esto basta. No hay que hacer por hacer, sino bienhacer.

Así, persiste cierta tendencia utópica que nos conmina a buscar un estado de cosas comparativamente mejor que el presente. De forma que ocuparse con el quehacer cotidiano es, a todas luces, insuficiente. Se queda corto pues el saber cambiar ruedas, dispensar dinero a través de una ventanilla, transmitir conocimientos o tratar de atender a los enfermos. ¡Y no es poca cosa! La búsqueda de la buena vida conduce a un ineluctable inconformismo que no puede circunscribirse a una asiduidad reproductiva de las estrategias ya aprendidas. El sujeto adulto, el que vota, aguarda en la oficina de desempleo o va al fútbol, el que quiere comer cada día y que al final de la jornada no puede meterse en la cama sin pensar que el mundo no acaba de estar bien del todo, en definitiva, el que es un ciudadano más, no agota su repertorio de estrategias de pensamiento en la repetición de unos esquemas ya recibidos. Tiene que crear, buscar soluciones donde no las hay, forzar lo aprendido y, a menudo, manejarse en la mismísima contradicción. Con eso, mejor o peor, todos convivimos. Así, entender que, pese a la ideología política, dos personas pueden entenderse sin llegar a acuerdo alguno, que la verdad y la falsedad no son conceptos absolutos o que la historia siempre puede contarse de otra manera sin necesariamente caer en un relativismo estéril, es pensamiento complejo.

Como concepto, el pensamiento complejo es discutido. Dicen los que saben que el pensamiento complejo acaece tras las operaciones formales que conquista el adolescente y que permiten que resuelva problemas lógicos o matemáticos. Nuestros adolescentes calculan, resuelven operaciones complejas con entidades abstractas que van más allá de contar del uno al diez, entienden un periódico y emiten juicios que pueden manipular y reformular de muchas maneras. Pero al mismo tiempo son pequeños dictadores: las cosas son o no son, están bien o mal, son de derechas o de izquierdas o se aferran a un relativismo patético en el que todo vale. Y así hasta que pasa el tiempo y se abandona, o no -todos conocemos a un pequeño Stalin- el dogmatismo cerril en aras a una postura más flexible y práctica no siempre cabalmente asumida.

Pues bien, pese al contorsionismo pragmático del pensamiento adulto debemos ir más allá. Decía Platón en la República que la dialéctica consistía en un ir de ideas, a través de ideas y en dirección a  otras ideas, hasta concluir en… ideas. Y, pese al embeleco idealista, eso mismo es pensar dialécticamente si entendemos que este tipo de pensamiento corona un hipotético proceso de pensamiento post-formal que no se contenta ni con aplicar soluciones ya conocidas ni cae en un relativismo inmisericorde. Más bien todo lo contrario, lo que caracteriza a este pensamiento dialéctico es la conciencia de contradicción irresoluble a la vez que el ímpetu necesario para seguir adelante. Pues bien, si de algo sirve la filosofía en el sistema educativo formal, e incluso en un hipotético aprendizaje a lo largo de la vida, es en que promueve las habilidades cognitivas propias del pensamiento dialéctico. Y si en algo importa este pensamiento es en que él mismo consiste en la substancia de la crítica y de la vida en comunidad.

En efecto, la complejidad de la vida no se reduce a la aplicación de recetas, sino a la búsqueda activa de soluciones parciales y nunca definitivas, más bien siempre revisables. Eso es el ejercicio de la crítica. Del anterior ímpetu utópico pasamos ahora a la crítica tenaz, a no soltar el hueso de lo que realmente nos importa. Y es esa misma crítica  canina y no menos rabiosa es la que nos permite habitar e incluso hacernos cargo de nuestra circunstancia natural: la cosa pública.  Así, la filosofía como ejercicio crítico sólo importa en la medida en que facilite una buena vida republicana, un estado de tensión constante hacia lo mejor que se sabe fútil, frágil y quizás perecedero, pero que es animado por el deseo constante de mejorar la humanidad entera. Tan pronto como la filosofía es logomaquia estéril o materia seminarística al servicio del dogma vigente pierde ésta su función emancipadora y cívica. La filosofía, pues, sólo puede ir de la mano de la ciudadanía responsable. Y así, el adulto, el ciudadano que vota y participa en los asuntos públicos, debe ser, a su manera, tan filósofo como el profesional que vive de esta materia.

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