Divorcio

No se puede negar el divorcio existente entre la ciudadanía y la clase política en general, de la misma forma que es evidente el desencanto que la izquierda ha generado entre sus votantes.

No cabe la menor duda que ha cambiado la forma de hacer política y según mi opinión ha cambiado a peor. Quienes tuvimos el privilegio de ejercer esa actividad en los años setenta y ochenta sabemos muy bien que en aquella época, salvo contadas excepciones, se accedía a la política por vocación, por un intento de cambiar nuestra sociedad tras los cuarenta largos años de dictadura; la política era un servicio necesario y voluntario que quienes sentimos la necesidad de ejercerlo, nos vimos comprometidos a implicarnos activamente para tratar de mejorar la calidad de vida de nuestros ciudadanos, desde la libertad, la participación y la lucha por conseguir los derechos sociales necesarios, que dignifican una sociedad y que nos habían sido negados durante tantos años.

Hoy, desgraciadamente, han cambiado aquellos sentimientos. La mayoría de quienes se dedican a esta actividad han nacido, para su fortuna, en democracia, no han conocido un sistema político en el que la libertad es un derecho legítimo, ansiado pero del que se han visto privados. La vocación, salvo excepciones, es una utopía, la política representa una ocupación, una forma de “ganarse la vida”, en definitiva una profesión en la que cada día hay que cumplir con el trabajo encomendado para seguir empleado al día siguiente. Hay que mantener satisfecho al jefe, o al aparato, aplaudirle y procurar que la cabeza no sobresalga respecto a las del resto de “equipo”.

Este sistema de hacer política, bajo mi punto de vista, supone una perversión del propio sistema democrático en los partidos políticos, donde se condiciona el derecho a opinar por el temor a quedar sin empleo. No se puede discrepar, la voz del aparato es dogma de fe y debe respetarse aunque no se comparta.

La sociedad es inteligente y percibe esta situación, por otra parte tan evidente, y ya no cree en los principios de vocación, de servicio a la sociedad, de entrega, etc. Y si a ello le añadimos las prácticas deshonestas que se han instalado en las entrañas de los partidos políticos, no debe extrañar la ruptura que se ha producido entre la ciudadanía y la clase política. La gran mayoría de los políticos no son corruptos, pero una minoría ha logrado envenenar de tal forma el sistema, que me hace sentir muy pesimista respecto al futuro. Es fácil perder la imagen, la credibilidad, la confianza de los ciudadanos, pero es muy difícil volver a recuperarlas.

La izquierda fue la gran esperanza del pueblo español. Después de una dictadura y una etapa de transición, se perfiló como la alternativa necesaria para transformar nuestra sociedad y en consecuencia otorgó una mayoría absoluta al PSOE en el año 1982. El partido socialista cumplió en parte con la confianza que se le había dado e inició un cambio en nuestra sociedad que sin duda fue profundo, pero que hoy, con la perspectiva que te da el tiempo, creo que fue insuficiente.

Vemos que los poderes de siempre, especialmente los económicos, siguen dirigiendo los destinos de nuestros ciudadanos, en nuestro país, en Europa y en el resto del mundo. No fuimos capaces de iniciar la construcción de nuestro estado con unos cimientos resistentes, (posiblemente tampoco nos lo hubieran permitido), pero hoy, más de treinta años después, el desencanto de la ciudadanía es evidente. Vemos como se arrebata la vivienda de multitud de familias por parte de entidades financieras, mientras con el dinero de todos los ciudadanos sufragamos su deuda para que puedan subsistir, cerrando sus balances con resultados millonarios y fijándose sus directivos unos ingresos inadmisibles. Perdimos la ocasión de establecer límites a muchas situaciones que debían haberse corregido y hoy la sociedad ha perdido la esperanza. Esa es la razón, y no otra, de la creciente abstención que se produce en los procesos electorales, la ciudadanía no cree que se vayan a corregir los desequilibrios sociales que desgraciadamente todavía padecemos. La prueba más palpable la tenemos actualmente; tras una política antisocial aplicada por el gobierno del PP, por la que se han recortado prácticamente todos los logros sociales que a través de cuarenta años se habían conseguido, cae dicho partido vertiginosamente en intención de voto, lo que debería representar un incremento de apoyo hacia el PSOE y que, sin embargo, lejos de aumentar sus apoyos sociales, también cae conjuntamente con el Partido Popular.

La ambición por mantener el poder justificó, para algunos dirigentes, que el partido socialista hiciera un guiño hacia el centroderecha por aquello de obtener el voto del “centro sociológico” perdiendo la perspectiva de su propia identidad. Grave error, la izquierda representada por el PSOE debe, sin lugar a dudas, recuperar su horizonte, el que le llevo a ganar las elecciones de 1982, ceñirse a lo que históricamente ha sido la ideología socialdemócrata y esperar su tiempo que sin duda llegará.

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