Doble rasero

El Parlamento Europeo, ese ente multitudinario e incontrolable por alejado, parece empeñado en regular hasta el más inimaginable de los sentimientos de los ciudadanos europeos. Desde las aceiteras que deben utilizarse en los restaurantes, hasta lo que debe o no debe pensar el ciudadano. Y en este último punto, existe una contumaz y persistente corriente, la homofobia, la perspectiva sexual o el aborto. Hace escasas semanas el informe Estrela fue rechazado en su pretensión de establecer el aborto como un derecho humano, que ya es decir. Y ahora, una eurodiputada austríaca se ha empeñado en que los europeos “visualicemos” la vulnerabilidad de los homosexuales y la necesidad que tienen de protección especial como grupos humanos discriminados, según alega el informe.

La militante feminista radical, integrada en forma destacada en el caucus gay parlamentario, figura como promotora del informe que ya lleva su nombre y que se pretende sea aprobado en una sesión parlamentaria a celebrar en las próximas semanas. La aludida moción proyecta que los Estados miembros cuenten con una “hoja de ruta europea” contra la homofobia y la discriminación por razones de orientación sexual e identidad de género. La susodicha eurodiputada Lunacek, acomete con su iniciativa la creación de una nueva generación de derechos individuales, personalísimos y diferenciados por razón de la orientación sexual de los individuos. Derechos que abarcarían leyes laborales, leyes penales, leyes civiles y, naturalmente, leyes educativas. Derechos singulares que establecerían no solamente la implantación generalizada del “matrimonio” homosexual, sino también la perspectiva de género en la educación, el delito de odio por razón de identidad de género, o la sanción de discriminación en el campo laboral por causa de orientación sexual.

Evidentemente, la señora Lunacek no tiene en cuenta ninguna norma o texto legislativo de algún Estado miembro que ya establezca la no discriminación por razón de sexo, ni la tipificación de delito, ni, por descontado, la implantación del “matrimonio” homosexual. Y tal desconsideración tiene su razón de ser en que la intencionalidad es más honda, más profunda. No se trata de establecer nuevos derechos, sino de implantar unos privilegios a la carta, reemplazando los universales por “una agenda particular”. Unos prerrogativas que, en gran medida, no hacen sino impedir derechos ajenos. Y el ejemplo nos lo dio la propia Lunacek cuando tildó de “estúpidos reaccionarios” a todos los cientos de miles de europeos que se movilizaron para pedir a sus representantes que rechazasen con sus votos el informe “Estrela”. Detrás de ese insulto o descalificación se halla el deseo de una imposición y la prohibición o sanción de todo cuanto contradiga tal exigencia. Con la reinterpretación de los Derechos Humanos desde una perspectiva homosexual, según los principios de YogYakarta, se olvida que tales Derechos Humanos son universales, sin distinción de grupos y por encima de orientaciones sexuales o personales.

Entender o considerar que el matrimonio, como tal, únicamente se da entre un hombre y una mujer, que la ideología de género configura una sociedad no deseable, que la educación sexual del niño debe iniciarse en la familia, que el referente del padre y de la madre en el hijo es importante e insustituible, en modo alguno puede ser calificado como de conducta homófoba o discriminatoria. Ni por tanto ser motivo de escarnio. Simplemente se ejerce, con tales opiniones, una libertad y un derecho de pensamiento y creencia, que no violenta en modo alguno otros contradictorios y ajenos. Tildarlos de “estúpidos reaccionarios”, es privarlos de unos derechos civiles tan respetables como los que se alegan como amparadores de esa “hoja de ruta” tan especial.

Y, obviamente, entre tales “reaccionarios” se halla la iglesia católica en forma principal. Sin embargo, se deja en el olvido a la religión hebrea, Talmud Babilónico, o la musulmana, Corán, Surá 4:16, que tampoco ve con buenos ojos el contrato entre varones o la relación sexual entre “dos de los vuestros”. E incluso a Jean-Pier Delaume-Myard, creador de la ONG “Homovox” que reúne a homosexuales franceses que no son partidarios del matrimonio entre ellos. Un homosexual que no se considera gay, que clama contra tal confusión y que defiende públicamente que los niños tengan padre y madre. Y es que, muy posiblemente, en tal confusión, buscada ex profeso, esté el quid de la cuestión: haber hecho de la homosexualidad una corriente de lucha sustentada en y por los lobbies gays que invaden todo nuestro entorno ciudadano. Un universal lobby gay absolutamente poderoso, social y económicamente, que ha logrado hasta la existencia de una ópera gay. Paso a paso, los “estúpidos reaccionarios” empezamos a vislumbrar que el horizonte futuro estará asentado sobre la afirmación del feminismo queer, “el eje del mal es heterosexual”.

Llegado ese momento, los no gays, los no homosexuales, tendrán que solicitar del Parlamento europeo nuevas directivas que prohíban su discriminación, que sancionen las violencias y los acosos, así como los señalamientos peyorativos que sufran. De no ser así, Europa y sus ciudadanos tendrían dos raseros diferentes, uno para los gays libres y otro para los “maléficos” heterosexuales.

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