Donde nos dicen digo

En España muchos políticos suelen tener la mala costumbre de utilizar las palabras que pronuncian para confundir a la gente con el único objetivo de arrimar el ascua a su sardina. Para ello no dudan en inventar vocablos y conceptos sin el menor pudor, dando por sentado que sus palabras son asumidas por el común de los mortales. Lo peor del caso es que muchas veces consiguen que sus mensajes subliminales logren ser aceptados por algunos periodistas y por supuesto por sus acólitos como si de un dogma de fe se tratara. Por otra parte, estaría bien utilizar palabras en su sentido metafórico, pero no es aceptable esgrimirlas para propalar falsedades y errores. Veamos algunos ejemplos.

Quienes están en contra de la austeridad inventaron el vocablo austericidio para protestar contra la moderación en el gasto. Esa palabra, todavía no aceptada por la Real Academia Española de la Lengua, no puede tener otro significado que el de terminar precisamente con la austeridad. Visto desde este punto de vista, quienes proclaman que están en contra del austericidio aun sin saberlo están defendiendo la austeridad. Y se quedan tan tranquilos.

En cuestiones idiomáticas se pretende hacernos comulgar con ruedas de molino apelando a una supuesta normalización lingüística. Nada más lejos de la realidad. El verbo normalizar en este caso lo utilizan en el sentido de hacer que determinado idioma se ajuste a una norma, una regla o un modelo común, pero la intención de sus defensores es otra: laminar la utilización de las demás lenguas comunes en provecho de una sola.

El mal llamado cordón sanitario se usa exclusivamente para marginar a determinadas formaciones políticas por cuestiones puramente ideológicas. Sin argumentos que las sostengan, por supuesto. Lo del cordón ya de por sí es difícil de aceptar desde un punto de vista democrático –que es lo que se pretende–, pero llamarlo además sanitario es de chiste.

Hablar de hechos diferenciales sin más es otra de las perlas con la que nos bombardean una y otra vez sin explicar en realidad en qué consisten tales hechos y lo que se persigue demostrar. Es cierto que existen tantos hechos diferenciales como personas, como también existen diferencias entre ciudades, países, idiomas, etc. Lo que no es en absoluto cierto es que determinadas diferencias se esgriman para justificar la transgresión de leyes.

En cuanto algunos políticos se arrogan el derecho a citar a la opinión pública para utilizar determinados argumentos sin sentido, podemos echarnos a temblar. Lo que están haciendo realmente es expresar su propia y exclusiva opinión, en absoluto generalizada, por cierto.

Cuando se anuncian pretendidas reformas tributarias ocurre algo bastante curioso. No son más que un eufemismo que inexorablemente nos conduce a tener que soportar un aumento de la presión fiscal por supuesto no justificado.

Por último, aunque existen muchos más ejemplos, me referiré al melón abierto en su día por Carmen Romero cuando se refirió a jóvenes y jóvenas. Ante su loable intento de defender la igualdad entre los sexos, no se le ocurrió otra cosa que una de las mayores demostraciones de incultura y papanatismo que uno pueda haber visto. A pesar de ello, tanto desde la derecha como desde la izquierda se ha generalizado de tal manera el error que incluso la RAE ha tenido que tomar medidas en algún caso aislado, como en el de juez y jueza.

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