El compañero Isidoro

Corría el año 75 del pasado siglo y un par de cientos de personas nos congregamos en el patio de la facultad de Filosofía de Sevilla para escuchar el primer mitin público, casi clandestino, del nuevo secretario general del PSOE salido hacía no mucho del congreso de Suresnes: el compañero, que no camarada, Isidoro. La mayoría asistimos por la pura curiosidad de conocer, al fin, a un socialista, espécimen raro, casi extinto y prácticamente inexistente en las movidas políticas universitarias de aquellos años, donde el más de derechas de nosotros militaba en el PC.  El compañero Isidoro exhibió en aquel mitin un verbo fácil, un carisma encomiable y una verborrea izquierdista que apuntaba ya sus grandes y futuras dotes de demagogo. Nada sabíamos por entonces de que su ascensión desde el famoso domingo de la tortilla campera contaba con el beneplácito del alto Estado Mayor del Ejército franquista y la de propia CIA, entre otras gloriosas instituciones. Pese a lo mucho que se ha mitificado aquellos años, no éramos más que jóvenes, felices y muy poco documentados.

Cuarenta y un año después, al otrora compañero Isidoro y actual millonario y amigo personal de lo más granado del choriceo internacional, le han chafado la charla que quería dar, junto a su colega Cebrián, en la Complutense de Madrid. No me he enterado de qué pretendía hablar, ni es importante. Frente al riesgo de un pacto entre el PSOE y Unidos Podemos lo han sacado de su hornacina como se saca al santo cuando hay sequía, para que conjure la lluvia y las aguas vuelvan a sus cauces. Y ahora le toca ser uno y trino y multiplicar sus epifanías, que para eso cobra.

El caso es que me parece un error no dejar hablar a quien se retrata a sí mismo con cada palabra que dice, y no es cierto, como se han adelantado a declarar los más preclaros dirigentes de Podemos, que boicotear una conferencia sea una práctica habitual en la universidad, y si en verdad lo es entonces es que se ha perdido el sentido básico de la democracia. Además de una torpeza mayúscula. Hay otras muchas maneras de dejar en ridículo al personaje. Lo que se ha conseguido, con todos los medios de comunicación apoyándole, es convertir a tamaño pecador en un santo y martirizado varón.

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