El debate (es un decir) de investidura

Impulsado, quizás, por esa dosis de masoquismo que todos llevamos dentro, ayer por la mañana perdí varios minutos de mi vida escuchando las réplicas de Rajoy a los “radicales”, esto es, a Unidos Podemos y a los nacionalistas irredentos que no acaban de entender la importancia de que España sea Una; lo de Grande y Libre se daba por sobreentendido. Escuchando a nuestro presidente in pectore recordaba que Umbral, en plena chochez, el pobre, nos decía que el gallego era el mejor orador que habíamos tenido desde el paliza de Castelar. Hay que ver hasta dónde puede llegar el desequilibrio psíquico.

El dominio del silogismo que exhibe D. Mariano es el de un estudiante de primero de ESO. Por ejemplo: “es imposible que ustedes representen a los que protestan en la calle porque están aquí”. Lo suyo debe ser un caso de atrofia lingüística, porque no se entiende que proceda de una tierra que ha dado tantos y tan buenos escritores y oradores en castellano y siga hablando así. Pero daba igual, a cada ocurrencia suya la bancada pepera se derretía en vítores y aplausos, como parvularios a los que le anuncian una merienda suculenta, en este caso la de recuperar la presidencia y todo lo que ello implica. El debate, es un decir, fue un tongo en casi toda su extensión. Y el nivel de los oradores, salvo excepciones, rayano en lo obsceno.

Cuentan que una vez Juan Belmonte fue a Huelva y se enteró de que el gobernador civil de la provincia era un antiguo banderillero de su cuadrilla, fue a saludarle y al hacerlo le preguntó que cómo se llegaba de banderillero a gobernador civil, a lo que su antiguo subalterno contestó: Degenerando, maestro, degenerando. Y en esas estamos.

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