El fin de Euskadi Ta Askatasuna

Tras el anuncio de ETA, o de lo que del grupo terrorista quede en pie todavía, todas las noticias aparecidas a rebufo quedaron relegadas este último fin de semana, para la opinión pública de este país, a un segundo plano. Ninguna, salvo esa y alguna que otra más, como por ejemplo la implicación de Esperanza Aguirre en el caso de la Púnica sugerida sibilinamente por su amigo Granados, ha merecido portadas en los tabloides más influyentes de nuestro país este último fin de semana. A ciencia cierta se sabe que como organización armada, Euskadi Ta Askatasuna, viene de un tiempo a esta parte dando sus últimos estertores, con la salvedad de que el desahuciado no es tan consciente de su agonía como de todo el dolor que ha generado. Lo único que le resta por hacer, pues, antes de disolverse definitivamente, es pedir perdón sincera y públicamente para a continuación entregar todas las armas que todavía permanecen en su poder y que, no lo olvidemos, siguen siendo operativas y, a la sazón, mortales. Ese es un detalle verdaderamente importante, que en ningún caso sería conveniente obviar por quienes tienen la responsabilidad de alcanzar un desenlace por el que anhela la práctica totalidad del país desde hace ya casi cincuenta años, los mismos que la banda terrorista ETA comenzó a matar.

Pocos se acuerdan ya, mucho me temo, de aquel joven guardia civil de origen gallego, José Ángel Pardines Arcay, que el 7 de junio de 1968 tuvo la mala fortuna de cruzarse con un desaprensivo como Txabi Etxebarrieta, etarra que ostenta hitos de dudoso mérito como el de ser el primer abatido de la banda en un enfrentamiento con la Guardia Civil. A Pardines, así como a las otras 828 víctimas mortales de la sinrazón abertzale, es a quien deberíamos tener presente a la hora de negociar nada con los deudos de aquel despropósito llamado ETA. Su memoria lo exige, como lo exige también la de aquellos que fueron apresados, torturados o asesinados por un régimen criminal, en el que verdugos como Jesús Muñecas Aguilar, Celso Galván Abascal, José Ignacio Giralte González y Antonio González Pacheco, más conocido este último por Billy el Niño, imputado junto a los otros tres de crímenes de lesa humanidad por un tribunal argentino que lamentablemente no pudo lograr su extradición desde España, campaban a sus anchas.

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