El fútbol es popular porque la estupidez es popular

Al observar en todos los informativos los graves incidentes que tuvieron lugar en la capital de España, durante la previa del encuentro de vuelta de semifinales de Champions entre las dos aficiones rivales en los aledaños del Calderón, a uno le seduce la idea de adherirse sin paliativos al insolente titular que encabeza estas líneas. Porque aunque, afortunadamente, la trifulca tan solo se saldó con veinticinco heridos leves, el penoso espectáculo ofrecido por televisión a todo el mundo debería hacernos reflexionar.

De muchos es conocida la secular e impertérrita animadversión que sentía el ínclito Jorge Luis Borges hacia los deportes en general, pero sobre todo hacia el fútbol en particular. Resulta de lo más extraño que en un país tan futbolero como el argentino, no se le tuviese en cuenta ni éste ni otros tantos exabruptos que se permitió en vida el prosista contra el deporte rey durante su larga y exitosa carrera; no hasta el punto, al menos, de descabalgarlo del pedestal que todavía hoy y por méritos propios sigue ocupando.

Paul Auster, por el contrario, tiene una opinión bastante menos sesgada de lo que simboliza un deporte como el balompié para las masas. Siempre tan cauto como acertado en sus apreciaciones, que no parece norteamericano, considera que el fútbol es un milagro que permitió a Europa odiarse sin destruirse. Eso podría explicar, muy a grandes rasgos, por qué las grandes confrontaciones futbolísticas entre contrincantes del viejo mundo pueden comenzar a tortas en los aledaños del estadio unas horas antes del pitido inicial. Nos guste o no ese deporte, es justo reconocer que a ninguno de nosotros le costaría demasiado rememorar algún que otro penoso incidente ocurrido en la previa de un encuentro continental de alto riesgo.

La rivalidad es buena, claro que sí, yo no he dicho ni pretendido dar a entender en ningún momento lo contrario. Nos ayuda a mejorar, a superarnos, tanto profesional como personalmente. Lo que ya no es tan bueno, sin embargo, es exacerbarla, sobre todo si no se tienen los medios necesarios ni tampoco la intención de solaparla antes de que acabe en un grotesco espectáculo como el que se vivió en Madrid el pasado miércoles.

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