El muro de las lamentaciones

No ha tardado Donald Trump, sino a lo sumo poco más que un par de días, en desplegar las bases maestras de lo que darán de sí los próximos cuatro años de su mandato en la Casa Blanca. No podemos negar, eso es muy cierto, que sea un tipo que cumple escrupulosamente con sus promesas. Lástima que primero haya comenzado por esos proyectos que exacerban a un gran número de estadounidenses y a la inmensa mayoría de mexicanos: por una parte, el desmantelamiento de lo poco o mucho que consiguió concretar Obama en lo que respecta a la sanidad pública, y por otra, la firma que da el visto bueno a la construcción de un muro a lo largo de la frontera entre los Estados Unidos y el país centroamericano; líneas maestras, al parecer, de su ministerio a partir de ahora.

Siendo malvados, lo que podría tener de bueno todo este asunto si es que, verdaderamente, algo de positivo podemos extraer de su sorprendente advenimiento como inquilino privilegiado de Pensilvannya Avenue, es que tanto mexicanos como estadounidenses podrán disponer si así lo desean de un lugar común frente al que poder implorar a sus anchas, o a disgusto -que para el caso es lo mismo- por su desdicha. Quien dice llorar, dice también indignarse por el intolerable desaire que el hijo de un emigrante de origen teutón, casado con una inmigrada eslovena, les ha propinado tanto a los unos como a los otros.

Los mercados bursátiles de prácticamente todo el mundo, por el contrario, no rezuman otra cosa más que un inopinado optimismo. Es cierto que, en un principio, parece ser que a los grandes inversores les costó un poco hacerse a la idea de tener a uno de los suyos dirigiendo la nación más poderosa de la tierra, pero transcurridos unos días todo volvió a la más absoluta normalidad. Después de todo habría sido de lo más absurdo pretender otra cosa distinta, del excéntrico y poderoso multimillonario, que a lo que nos tiene todos acostumbrados. Para que eso fuese técnicamente posible, Trump por su parte debería de estar dispuesto a traicionase a sí mismo y a sus convicciones depredadoras más enraizadas. Y es que si ha llegado a ser uno de los más grandes multimillonarios norteamericanos y, por ende, mundiales no es porque le sobren escrúpulos sino bien al contrario.

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