El odio (en París)

Después de varios meses de silencio, volvemos a escribiros desde el jergón, desde donde más que nunca, maldecimos.

El viernes por la tarde, después de dar una conferencia sobre refugiados, organizado por el Colegio de Trabajo Social de las Islas Baleares, dirigidas a profesionales del sector social, llegamos a casa, algo tarde y, al conectar la radio, nos enteramos de los atentados de París. Precisamente, en el acto en el que pocas horas antes habíamos participado, hablamos de la importancia de las políticas de inclusión de los Estado, dirigidas a las personas que viven en condiciones poco saludables en los extrarradios de las ciudades. Nombrábamos los conflictos que sucedieron en la “banlieue” de París, en 2005 y 2007, fruto de la frustración de las personas que residen en estos suburbios, llamando la atención de las autoridades para que, de una vez, reflexionen sobre la importancia de trabajar en pos de la mejora de las condiciones de los residentes en nuestros barrios de extrarradio. La exclusión, la xenofobia y la falta de oportunidades de miles de personas pueden provocar conflictos.

El título de este artículo nos viene a la cabeza por “La Haine” (el odio), film del actor y director francés Mathieu Kassovitz, que habla sobre la realidad de tres jóvenes de París de diferente procedencia (uno judío, uno árabe y otro africano). La peli narra, durante 24 horas, la vida de estos chicos, miembros de una juventud cabreada por el racismo, la diferencia y las pocas oportunidades de mejora (laborales, sociales…vitales en definitiva) que se les presentan. El detonante, una agresión a un joven de origen magrebí de 16 años por parte de la policía. Lo curioso es que el film es de…¡¡¡1995!!! En resumen, el titulo refleja el odio de esta importante parte de la población, los que llaman migrantes de cuarta generación (menudo absurdo, más franceses que Sarkozy).

Tenemos que pensar que nadie sale de su país de origen para causar problemas, sino para mejorar sus condiciones. Nuestros recelos, las barreras que erigimos ante ellos, inclusos las fronteras invisibles que separan sus barrios de los nuestros, causan un daño en estas personas, que es difícil de soportar.

Nadie puede justificar los atentados, es un ataque a toda nuestra filosofía de vida. Pero hay que preguntarse el por qué una ciudadanía que debería tener más en común con sus vecinos de París, se pueden sentir más próximos a unos interesados extremistas que aprovechan el río revuelto. Hay muchas más explicaciones a estos hechos, pero esta realidad no puede obviarse. Además, es algo que puede ser trabajado, al menos intentar compensar este odio, este malestar de esta parte de ciudadanía, con políticas adecuadas, que lleguen también a todos y todas nosotras/os. No darle ninguna oportunidad a los desalmados que alientan estas acciones degeneradas.

Hace 10 años le preguntaba a un solicitante de asilo palestino cómo era posible que un niño de 11 años intentara autoinmolarse ante un check point israelí. Me dijo que extranjeros captaban a niños de la calle, prometiéndoles una vida mejor en el más allá, en el paraíso. La ausencia de educación, la ignorancia y el odio son un caldo de cultivo en el que surge con fuerza la desesperanza. Nada tienen que perder, pues ante el rechazo social, solo hay eso: ODIO.

Lo que está claro es que la guerra actual causa víctimas inocentes, lo que implica más odio por las familias de estos llamados “daños colaterales”. No es la solución absoluta…sobre todo por el léxico. ¿Guerra? ¿Contra quién? No son un Estado, son un grupo de desalmados.

Debemos pedir a nuestros responsables (sí, también en Mallorca) la prevención del odio, aprendiendo de los errores de estos países europeos que no han dado con la solución, más bien han aplicado acciones erróneas. Aprendamos, condenemos y trabajemos con nuestros vecinos. Las otras políticas no han resultado, adoptemos otras nuevas, escuchemos a los profesionales de lo social. Siempre es más efectivo, más barato y más equitativo. Nadie en una situación normalizada nos va a atacar, nadie con una vida agradable va a arriesgarla por una quimera demodé….

En el momento de la guerra, hablemos del contrario.

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