El optimismo como salvavidas

Fue el 20 de enero de 1969, ese día en el que la policía política de la dictadura tiró por la ventana y mató al estudiante Enrique Ruano, cuando llegué a la conclusión de que Franco debía morir. Quizás influyó la canción más rebelde de Maria del Mar Bonet. Como no disponía de los recursos necesarios para conseguirlo, me dediqué, entre otras cosas, a divulgar aquel deseo, hasta el punto de que empecé a resultar reiterativo y de lo más pesado. Pero al final sucedió, y entonces pensé que se había cumplido mi premonición y que quizás podría ganarme la vida adivinando el futuro, cosa que acentuó en mí un optimismo que ya era excesivo de nacimiento.

Acto seguido, la marabunta de pactos para salvar de la Justicia a los implicados en el delito de franquismo continuado me sumió en la confusión. Casi sin solución de continuidad, el colofón del 23F nos hizo pensar, a muchos optimistas y encantados por haber vuelto a nacer, que habíamos participado activamente en la derrota de Tejero, Milans, Armada y resto de cabezas visibles de aquel golpe, aparentemente fracasado.

Después vino el largo y acomodaticio felipismo, el descubrimiento de Europa, la celebración de los fastos del 92 con el AVE y todo lo demás, y sobrevivir se convirtió en una posibilidad. Propicios para un teatro que ocultaba demasiada porquería, aquellos años fueron caldo de cultivo para que el optimismo traicionara la intuición certera, y aunque una convicción esencial me protegiera de votar a esas siglas ni por equivocación, sí que me dediqué a pensar, y hasta llegué a decir a otras personas, que los del PP no eran franquistas, a pesar del bigotito de un tal Aznar. En el fondo, siempre tuve la sospecha de que apoyar, por poco que fuera, a las gentes de ese partido terminaría por convertirme en cómplice de algún delito.

Tanto me duró aquel optimismo bondadoso sobre la condición de la que hoy se va sustanciando en los juzgados como la organización delictiva más importante de España, masivamente infiltrada en el Estado gracias al dinero conseguido mediante una estrategia de crimen organizado que les permitía ganar elecciones a base de márquetin y prebendas, que tampoco pensé en franquismo cuando aquellos 183 adictos a la violencia guerrera votaron el 4 de marzo de 2003 a favor de implicar a nuestro país en lo de Irak. Tan unánimes como solos en aquel Congreso de los Diputados. Tan contrarios a la voluntad de la mayoría de los españoles como falsas fueron las armas de destrucción masiva con las que nos asustaban. Siempre el argumento del miedo en la agenda del PP.

Después fueron el shock del 11M, el show de la mentira organizada hasta el día 14 y, por encima de todo, la derrota electoral sin paliativos ese mismo día de 2004, los hechos que desquiciaron de tal manera a aquella banda de delincuentes que hasta un tal Rajoy se puso a hablar de una mochila para sembrar dudas sobre la lucha anti terrorista que estaba librando la Justicia española. Ese, y muchos otros detalles, me hicieron pensar que el PP estaba afectado por una enfermedad incurable que, aunque desconocida, terminaría por destruirlo. Hasta tal punto me embriagó el nuevo optimismo que aposté una mariscada a que el partido que sería el de referencia de la derecha española cuando llegara el día 31 de diciembre de 2012 no se llamaría PP. Es decir que, como mínimo, se verían obligados a cambiar de nombre. Corría por entonces el verano de 2007 y pensará usted que me lo fie largo, pero ni aún así el optimismo se pudo convertir en alegría.

Como cuando lo de la muerte de Franco, hice todo lo posible para ganar la apuesta con mi buen amigo, siempre mucho más realista que yo, pero tampoco contaba con los recursos adecuados. Con el tiempo, se confabularon los astros en contra de la bacanal a fecha fija y la crisis económica más brutal de los últimos ochenta años aterrizó para propiciar mi derrota, con tanto exceso que aún no he podido ahorrar lo bastante para pagar la opípara perdida, aunque de momento me doy por satisfecho con poder contarlo. Para rematar la faena, el terremoto económico encumbró de nuevo a los mismos a quienes, por fin, la Justicia está colocando ahora en los banquillos de acusados y testigos, o viceversa.

Amainaron las penurias y, animado de nuevo por los resultados electorales de 2015, cada día que pasaba los de Rajoy me recordaban más a los franquistas decadentes de “La escopeta nacional”. Por eso, el día 2 de marzo de 2016 escribí “¿Qué hacer con los bienes del PP?”. En ese artículo, como buen optimista, reincidía en lo de repartirme la piel antes de matar al oso y pedía que se fuera legislando sobre el destino del patrimonio de los partidos políticos en caso de disolución, ante la posible ilegalización del PP cuando la ley impere por fin en este país. Coincidió que, a principios del año pasado, había aparecido en algunos medios la noticia de que todavía había dinero en las cuentas bancarias de Unió Mallorquina, aquella otra banda de ladrones, modelo bisagra, que había sido abandonada desde hacía tiempo por todos los que la ocuparon, y con unos cuantos de ellos en la cárcel. Y hoy mismo, sábado y 22 de abril de 2017, son de nuevo los periodistas quienes me ayudan a recordar lo que escribía hace más de un año, pues están informando que el Govern Balear ha decidido reclamarle al PP más de 153.000.- € por subvenciones electorales recibidas en 2007, a la vista de que las actuaciones judiciales posteriores han venido a demostrar que no les correspondían. Dejar de pagar dinero público a los delincuentes parece un procedimiento de lo más interesante para conseguir que su economía se sanee, no en cuanto a cancelar deudas sino en su necesaria adaptación a la legalidad vigente.

Compartir el optimismo no puede ser maldad. Ayer, viernes, y en medio de la charca inmunda en la que chapotea Rajoy pude escucharle, impasible el ademán, enseñando a mentir con impunidad a los renacuajos de las Nuevas Generaciones. Les dijo lo siguiente: “Tenéis que portaros bien en las ponencias, porque si no os portáis bien en las ponencias es señal de que os habréis portado mal en las ponencias, y en el Partido Popular nadie se porta mal, ni en las ponencias ni fuera de las ponencias”. A la espera de las oportunas explicaciones sobre qué pueda significar eso de “portarse bien en las ponencias”, es evidente que las risas de esos cachorros, que todos pudimos ver y escuchar en televisión, no hacen pensar en el aprendizaje activo de una lección sobre el respeto a la ley impartida por un profesor a salvo de toda sospecha, sino en los nervios por una nueva metedura de pata que volcará, otra vez, océanos de burlas merecidas sobre los asistentes y sus compinches.

Casi medio siglo después del asesinato de Ruano, todo hace pensar que la democracia proporciona una solidez como la del cemento a las organizaciones sociales que nacen en su seno si duran lo bastante. Esto implica también una dificultad mucha mayor a la hora de desmontarlas, incluso cuando están compuestas por delincuentes disfrazados de políticos. Quién no recuerda las prisas por irse a sus casas, o cambiar de chaqueta, que de repente les entraron a casi todos los prebostes del Movimiento Nacional. Sus herederos directos, ahora, no sienten demasiada necesidad de hacerlo, a pesar de los peligros que les acechan.

Pero, como siempre, sigue habiendo lugar para el optimismo. En la orilla de la misma charca de Rajoy es cada vez más larga la hilera de ranas deseando cantar. Y en los juzgados están comenzando a pedir más vehículos para poder trasladar a las cárceles a todos los protagonistas de los nombres escritos en las partituras batracias.

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