El problema

Sobre las elecciones catalanas ya se ha dicho casi todo y el resumen es muy simple; perdimos todos. Sin embargo, no me resisto a analizar el porqué de la situación de cara a unas próximas elecciones generales que, si nadie lo remedia y es muy difícil, pueden significar más de lo mismo.

El 21 de noviembre de 2011 el PP consiguió una victoria histórica y con ella una mayoría absoluta aplastante que en teoría le permitía terminar con el desgobierno con el que nos obsequió un Rodríguez Zapatero empeñado en destruir a su partido y al país. La amplia victoria de Rajoy, en plena crisis económica y social, fue debida a las esperanzas suscitadas en un programa cuyo eje central consistía en efectuar las reformas estructurales que demandaba a gritos la ciudadanía. ¿Qué fue de aquellas reformas prometidas? Nada en absoluto.

La reforma laboral se quedó a medio camino y la ley de huelga siguió durmiendo el sueño de los justos. Pronto se vio que con aquellos mimbres algo mejoraría el mercado de trabajo en cuanto llegara cierta recuperación, como así fue gracias a la caída del precio del crudo, los bajísimos tipos de interés y la cotización del dólar, pero todavía hoy seguimos sin la reforma prometida.

En educación se aprobó la LOMCE, tarde, mal y sin el consenso necesario. Los resultados son hoy inciertos y nuestros estudiantes siguen siendo los líderes en Europa en fracaso escolar dentro de un sistema que todavía admite la barbaridad que suponen diecisiete diferentes planes de estudio.

La prometida reducción de organismos públicos por innecesarios se quedó en agua de borrajas. No se redujo ni uno solo. Únicamente pudimos observar leves maquillajes engañosos en ciertas Comunidades Autónomas, controladas merced a la mayoría absoluta de los populares. Los Ayuntamientos, Diputaciones, Consells, Comunidades y Senado continuaron no ya como siempre, sino engordando incluso en muchos casos sus presupuestos.

Peor resultaron todavía las reformas en Justicia, quizá las más necesarias, puesto que también brillaron por su ausencia. Es más, todas las medidas tomadas fueron para conseguir un mejor control por parte del gobierno, convirtiendo la separación de poderes en una auténtica chifla. Así, la corrupción, lejos de desaparecer, hoy sigue aflorando con casos vergonzosos en casi todos los partidos. Tenemos miles de políticos imputados y casi ninguno en la cárcel que se benefician de un sistema garantista… para los delincuentes.

Ante semejante panorama, el responsable máximo, el señor Rajoy, aparece insensible a los avisos. Tras cuatro elecciones –europeas, andaluzas, autonómicas/locales y catalanas– y otros tantos fracasos estruendosos de su partido, sigue sin querer admitir que, como responsable, él es el problema.

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