El rubio de Minnesota

El nuevo presidente de los Estados Unidos no es rubio, y menos todavía de Minnesota. Lo primero lo atestiguan las fotografías antiguas del personaje que circulan libremente por internet, y lo segundo su partida de nacimiento. Lo llamo así, en realidad, porque me recuerda mucho a un tipo que conocí hace ya bastantes años, tan resuelto o más que el millonario neoyorquino. Sólo tenía un defecto, nada sencillo por cierto, que se potenció con el correr de los años: un fuerte complejo de inferioridad, que le hacía sentirse como un estúpido con todo aquel que se acercaba a él con nada más que con intenciones nobles. Reaccionaba así, muy probablemente, y no de otra manera, porque no conocía más forma de comunicarse con el mundo que a impulsos secos y sin la menor empatía hacia sus semejantes.

Durante algunos años, bastantes en realidad, el otro Rubio de Minnesota, al que conocí siendo ambos muy jóvenes, consiguió deslumbrar a todas y a todos con su despierta e inteligente conversación, y un buen disfraz de espontaneidad que encantaba. Su sonrisa hizo furor entonces por una sinceridad fingida poco desdeñable, pues nada hacía presagiar otra cosa distinta de lo que cualquiera hubiese esperado de él. Por eso, precisamente, la decepción de la gente que le frecuentaba resultó más grande de lo que en realidad era.

Aun así, y aunque nos pese sobremanera su victoria, no tendremos más remedio que concederle a Trump, más tarde o más temprano, nuestro sincero reconocimiento por su reciente elección como presidente del país más poderoso de la tierra. Dicho así, y conociendo de antemano los antecedentes del magnate multimillonario, su elección provoca en quienes no comulgamos ni por asomo con sus ideas reaccionarias cierto desasosiego. De lo único que nos podríamos congratular, en realidad, con respecto a esta turbadora noticia, y en cualquier caso, es que su ministerio será ejercido al otro lado del océano Atlántico, y convenientemente alejado de nuestro viejo continente. Si bien, no estamos del todo exentos, aunque tan sólo sea por las futuras e inevitables consecuencias de su elección como líder mundial. Por tanto, lo único que nos queda ahora es rezar, y confiar que el buen Dios nos coja confesados.

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