El síndrome de Sansón

“Dios salve América” rezan piadosos los ciudadanos estadounidenses y, aunque es una plegaria casi ignominiosa por su supremacista formulación, gran parte del resto de la humanidad se siente obligada a sumarse a este ruego: “sí, por favor,” –y a corregir en algo- “libra a EE. UU. del síndrome de Sansón”. Porque si hay una nación que ciegamente ha optado por la suicida opción de este personaje bíblico, es ese poderoso país. Recuerden: “muera yo y conmigo todos los filisteos”.

Fue Sansón uno de los últimos jueces del pueblo de Israel. Figura singular por su desmesurada fuerza bruta que residía –ajena a toda fuente emotiva o racional- en la oscura espesura de su melena que nunca afeitaba. Nazareo de Dios, dedicó toda su vida a utilizar fútiles pretextos para masacrar al vecino pueblo de los filisteos, mientras fornicaba con sus gentiles mujeres sin escrúpulo alguno. Entre sus hazañas más sobresalientes, encontramos perlas como que descuartizó con sus desnudas manos un león; arruinó las cosechas filisteas prendiéndoles fuego mediante las ardientes colas de escogidos zorros; o que con la ayuda de una quijada de burro –y de una sola tacada- sentenció por siniestro total a centenares de cráneos adversarios.

Solo un pueblo, incorregible adorador de fantasiosos y energúmenos superhéroes, pudiera encontrar -en tal religioso varón- ese vértigo enfermizo que lleva a una irresistible dependencia de la crueldad como instrumento de dominación. Porque ese es el camino, entre tanto cruce posible, que está eligiendo el “estilo de vida americano” en todo su esplendor y sin síntoma alguno de alopecia probable que pudiera remediarlo.

Traspasando todos los umbrales, a esa ingente asociación nacional el rifle ya le sabe a poco y ya se está arrogando la enmienda del derecho al dron personal -sumario, arbitrario y selectivo-manejado a distancia desde el sofá familiar, “play station” en ristre, y sin remordimiento alguno por su ilegitimidad, ni por los resultados colaterales injustificables. La ambición por un total y exclusivo control le permite el espionaje de los reservados más íntimos, ajenos y próximos, amén del ejercicio de la tortura más execrable. Y, por el contrario, las abusivas cláusulas de confidencialidad, acompañadas de espeluznantes amenazas ejemplarizantes para los que se vayan de la lengua, le aseguran total impunidad. La experiencia, siempre rentable, adquirida por la participación en dos guerras mundiales desencadenadas siempre fuera de su territorio patrio, le ha hecho obcecadamente adicto a los obscenos beneficios de una industria armamentista colosal y fecundo en la horrible proliferación de nutridas camadas de guerra local y permanente. La obsolescencia ya no es suficiente, es más eficaz la anticipada destrucción programada. El muro de Berlín no encerraba –al parecer- a sus rehenes para que no escaparan al mundo occidental y libre; era sobretodo – por lo que ahora se intuye- un obstáculo a la OTAN para que –incumpliendo todos los tratados y atravesando el corazón de todas las Rusias- fuera en busca de la Gran Muralla China amenazante, ya desde su origen, del predestinado e intocable dólar.

Sí, que Dios salve a la humanidad y nos libre del síndrome de Sansón, el que sufre América y amenaza irracionalmente con jibarizar las cabezas pensantes de este viejo y sacrificado mundo.

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