Elecciones europeas: conviene tomarlas en serio

Dice Zygmunt Bauman que nuestros ancestros estaban preocupados solo por “lo que había que hacer” puesto que daban por supuesto que quién debía hacerlo era el Estado. En plena era de la globalización, en la que los Estados han perdido capacidad para hacer frente a los problemas suscitados, ya no está tan claro. Ahora, como Gramsci profetizó hace unos cien años, estamos inmersos en un interregno, en el que lo viejo se debilita y lo nuevo aún no tiene la fuerza necesaria.

Los problemas globales necesitan políticas globales. Interlocutores políticos con la capacidad suficiente para regular unos mercados que operan a nivel mundial y que los Estados son incapaces de hacerlo. Ese papel responde en nuestro caso a la Unión Europea que, a pesar de que durante la presente crisis ha avanzado de forma relevante, no es menos cierto que ha dejado patentes sus debilidades, derivadas precisamente de haberse quedado a medio camino en muchos ámbitos.

Sin duda se trata de un proyecto político que ha dado muchos beneficios y de los que España ha sido un gran receptor, pero la crisis ha demostrado que su proyección estaba más ideada para la distribución de beneficios en épocas de crecimiento, a costa de algunas de las ganancias de los miembros más agraciados, que para dar respuestas en épocas de dificultades, cuando son necesarias verdaderas políticas e instituciones para compartir riesgos sin titubeos.

Esta Unión Europea a medio hacer necesita una mayor federalización de un espacio donde se haga más común lo político, lo económico y lo social. Con instituciones más democráticas y con el convencimiento, por parte de sus Estados miembros, de que la interdependencia actual necesita de otras reglas de juego.

El proyecto no puede limitarse a ser una mera yuxtaposición de intereses nacionales ni ser rehén de quién ostente más poderío económico. Si existe una moneda común, comunes en todas sus consecuencias deben ser los instrumentos para defenderla, sin dejar margen a los ataques especulativos de los mercados que, aprovechando la fragilidad de la integración, dejan a la intemperie a multitud de personas de los países del sur.

Las políticas austericidas dirigidas por Alemania en Europa, y por el Presidente Rajoy en España, han supuesto una aplicación entusiasta del “no hay alternativa” de Margaret Thatcher que deja patente la nula voluntad de intentar otras opciones y que además ha sido instrumento de recortes drásticos de derechos y libertades sin relación alguna con la crisis.

Esta forma de hacer ha debilitado la confianza de una parte relevante de la ciudadanía con el proyecto Europeo y ha alentado populismos radicales en su contra. Además, difiere de lo acontecido en Estados Unidos que, con una Reserva absolutamente Federal, ha modulado en el tiempo la austeridad y ha aplicado políticas de inversión pública. Con tales iniciativas, Estados Unidos, lugar donde se originó la crisis, registra ya un crecimiento del 4% y reduce paro, algo que no sucede en los países europeos afectados. Es evidente que hay alternativas.

Esto es lo que nos jugamos en las próximas elecciones europeas: seguir manteniendo una Europa a tiempo parcial, mera suma de intereses nacionales con el único objetivo de cuadrar números, o apostar por un verdadero interlocutor global que regule los mercados y la economía con el fin de ser instrumentos para la cohesión y la igualdad. Una y otra opción tendrán efectos directos sobre nuestras vidas, algunos de los cuales, por desgracia, ya padecemos. Vistas las consecuencias, más vale que nos las tomemos en serio.

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