En el filo de la navaja

Después de los recientes acontecimientos plebiscitarios, el Brexit y el 26J, más de uno ha empezado a dudar de la validez de aquel antiguo principio filosófico conocido como la “navaja de Ockham” o “principio de economía”, o también como “de parsimonia”,  que según el cual ante un acontecimiento, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla es la más probable. En el amanecer de España y  Gran Bretaña parece ser que hay “ruido de cascos”,  que curiosamente no son de una típica caballeriza, “son de cebras”.  Hay algunos hechos súper singulares, en ambos lugares, que difícilmente pueden interpretarse a la luz del citado principio, pues, en realidad le dan tal coz en la base de su sustento que lo deja como un jarrón de porcelana china en el suelo hecho trizas.

Pues ya me dirán cómo interpretar ese axioma, generalmente aceptado, que “de toda consulta del pueblo surge un mandato, pues, él nunca se equivoca” cuando en el Reino Unido y en el mismísimo día siguiente se recogía un millón de firmas exigiendo una repetición del referéndum por razón explícita de que el resultado “había sido un grave error”. O cómo interpretar en la España nuestra, plató europeo espectacular de la más burda y escandalosa corrupción política y económica, cuando su protagonista estrella, el PP,  en estas elecciones sale victorioso y con ventaja en casi todo el territorio nacional ¿Qué dice el pueblo? “Mariano, sigue robándome”, como un tonto, o quizás, “¿Qué hay de lo mío?”, como otro corrupto.

O ese otro asunto, también de “mascletá”, el numerito circense de esos ejercicios de sondeo de opinión realizados por distintas y numerosas empresas muy prestigiosas que, no es que rocen el acierto, es que todos coinciden, unánimemente y persistentemente, en un grandísimo e inexplicable error de bulto. Y todo esto en medio de un “exquisito mundo” dónde la estadística está considerada como una ciencia formal y que, de realizarse como dios manda, el margen de error puede ser reducidísimo. Y así, despertamos otra vez del sueño escuchando ruidos de “cascos” y ¿cómo no van a ser de “cebras”? Pues en un caso como este, un error tan masivo, abultado y tanto tiempo mantenido no puede tener como opuesto lógico  la “verdad”, sino la calculada y fraudulenta “mentira”, máxime si otros avispados medios de comunicación, muy proclives al poder, disponían de consultas privadas que, a la postre, resultaron mucho más exactas.

Todo ello nos lleva a la conclusión que cuando las explicaciones nada, o muy poco, tienen que ver con la razón, habrá que buscarlas por otro sitio. Unos las encuentran en el corazón, habilidad acrobática también en un filo, pero de alambre. Y otros en el estómago, piso más estable, pero más cercano al estiércol de los establos y las pocilgas.

Sin embargo, en realidad, se trata de la eterna y desigual lucha entre el hambre y las ganas de comer. El hambre de los que sufren en su ser un constante desfallecimiento por la escasez del alimento a su alcance y las insaciables ganas de comer de los obcecados por la obsesión en llegar a disponer de una millonaria  despensa, en esa loca carrera competitiva por la acumulación del tener. El haber y haber y más haber, pese a quien pese.

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