“Espejito, espejito ¿hay alguien ahí?”

Probablemente este haya sido el argumento contundente que motivó al ayuntamiento de Oslo para conceder el premio Nobel de la paz a esa panda de distraídos zánganos, los dirigentes de la UE.

Un mal aire -un soplo narcisista y autocomplaciente- procedente de las perfumadas aguas de inodoros belgas en el parlamento europeo, migró como inocente nubecita hasta las costas escandinavas, contagiando un ramalazo de incongruencia a todo el comité en cuestión. Pues, si hay algo que repudian los genes europeos es precisamente la paz. Siempre le han sacado un buen caldo a esa ingenua paloma.

Europa lleva en la sangre los cien mil huevos de la violencia. Es una astuta mantis religiosa que ha ido retozando siempre sobre el dolor inmisericorde de su propia supervivencia. La hierba de Asia, África, América y Oceanía muestra todavía reprobables signos evidentes del rabioso “que-hacer” de ese “atila” caucásico.

Europa tiene el “copyright” de conceptos tan poco honorables como pan y circo, afro-América, apartheid, inquisición, guerra del opio, holocausto, Hiroshima… Una horrible letanía. El mundo es tal como es, por haber sido descubierto, bautizado y renombrado por la ambición europea. No es gratuito que su eminente símbolo religioso sea, entre tanto acervo evangélico, un sanguinolento instrumento imperial de duro castigo. Sucumbe al vértigo de la crueldad.

–Bueno, por eso mismo precisamente –habla un oráculo, el “correcto”-, pues se pretende celebrar que ya es historia.

¡Qué se acabó, dice! Qué tal si preguntamos a palestinos, afganos, iraquíes, libios… El hedor agrio de la sangre –nos dirán- todavía nos acompaña, aunque sea, como ayudante de “sheriff”. Seguimos siendo unos excelentes comerciantes de armas, entusiastas monaguillos del ogro de la OTAN y alelados alcahuetes de mortíferos “drones” y vuelos clandestinos. Unos angelitos mensajeros de la volatilidad colateral de esta miserable vida, la de los pobres morenos.

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