Estética deontológica

El título de esta breve columna parece en sí misma una simple contradicción, y de hecho podría serlo, siempre y cuando se obvie claro está el hecho de que no existe ninguna otra disciplina de conocimiento cuyo glosario admita tanta combinación de lexemas, aparentemente opuestos, como las ciencias sociales. Para bien o para mal, a lo largo de los tiempos la ética ha venido secularmente unida a la beldad. Ello implica una determinada apostura, no siempre fácil de llevar. De ahí que, a menudo, descubramos con cierto atisbo simple de preocupación, lo importante que resulta para el individuo restablecer el equilibrio entre afectación y certeza.

A Cayo Julio, dictador que con su advenimiento al poder de Roma contribuyó a poner punto y final a la República, y después de aquella etapa de transición ofrecer vía libre al Imperio, entre muchos e importantes logros, se le atribuye también esa frase que todos habremos utilizado en más de una ocasión, con intención o sin ella y dejando constancia de aquella necesidad que sentimos los humanos de aferrarnos a un cierto grado de verosimilitud en todo cuanto acontece a nuestro alrededor. Aunque no todos nos veamos abocados a la necesidad de parafrasearla, ni de la misma forma tanto como de parecido dejo, desvirtuando en buena medida las causas por las que en su día fue declamada: la mujer del Cesar no sólo ha de ser honrada, sino además simular doctamente ante todos y frente a todo que no se ha olvidado de parecerlo.

Me sorprende sobremanera tanta lasitud con aquellos trasgresores de la norma que hoy nos gobiernan. Con esa suerte de transcripción sesgada del anatema imperial, resulta trivial cualquier postura que se adopte con el ánimo de contemporizar ideas: nada más lejos de lo que, inconscientemente, se espera obtener de ellos y de su trabajo. Manuel Moix, propietario junto a sus hermanos de una lujosa vivienda, es sólo un ejemplo de los muchos que envilecen una democracia joven, pero aun así mayor de edad, como es la nuestra. Sus oscuros tejemanejes, a espaldas de la hacienda pública, no cabe duda que han acabado comprometiendo la credibilidad tanto del ex fiscal anticorrupción como del resto de los fiscales al uso. Ellos, de hecho, fueron los primeros en alzarse contra el impostor, los únicos que defendieron la independencia de la justicia en casos así. Lástima que las autoridades políticas no les hayan respaldado con idéntico ahínco.

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