Europa no empieza en Turquía (¿o sí?)

Corre, no podemos pararnos. Ahora o nunca. Eso que está enfrente es Occidente y allí no volveremos a pasar una noche en vela. Ni un bombardeo más, ninguna alarma antiaérea nos deberá asustar para protegernos. Por fin, se acabó todo, únicamente te pido un esfuerzo final, ya estamos llegando, no desfallezcas.

Esto es lo que, seguramente, se dicen entre ellas las millones de personas que escapan de los diferentes conflictos que se reproducen en torno a Europa, quienes se lanzan al mar para salvar sus vidas,  más afortunadas que aquellas que han quedado en los diferentes países de tránsito o las que han fallecido por los bombardeos europeos, de rebeldes, de ISIS o de no se sabe bien qué facción beligerante. Ilusos.

Sí, ilusos porque en Europa ya no está de moda acoger a un refugiado, ya no hay más imágenes en la televisión, con más niños muertos o más barcos hundidos. Parece que eso es ya pasado y, esos millones de personas que nos sensibilizaron….”tarará”, han desaparecido. Ya no hay interés en meter una refugiado en tu casa (menos mal, porque ahora muchos habrían sido lanzados, desahuciados), de quitarte el pan de la boca como buen meridional exagerado para entregarlo a los recién venidos. Ya no maldecimos entre dientes a Rajoy o a Merkel por su insensibilidad, por su poca humanidad.

La crisis del Mediterráneo lo ha cambiado casi todo. También a nosotros. Si bien sólo ha movido de forma escuálida las conciencias de una pequeña parte de la ciudadanía, esta realidad (que no crisis) sí ha resultado ser una fuerza centrípeta en lo que se refiere a fronteras europeas. Ha vuelto a erigir fronteras internas (se ha violado Schengen) y se han reforzado las externas (Ceuta, Melilla, Mar Egeo). Ante el sufrimiento, alzamos aún más las barreras, a la patera, la embestimos si podemos. Y no contentos con ello, también ha variado la actitud de nuestros mandatarios ante el drama del refugio: de la aparente sensibilidad inicial (personificada en la todopoderosa Merkel, de quien se esgrimían fotos como la salvadora que se presentaba) a la bochornosa realidad. Una realidad que hace que no queramos acoger a refugiados, pero bombardeamos Siria (sí, nosotros también)…entonces, ¿Donde se deben quedar? ¿En Turquía?¿Pero hay posibilidad de solicitar asilo allí?¿O quedarán desprotegidos, a su suerte?

Ilusos porque ya estaban en Europa, aunque no lo supieran. Porque da la casualidad que las fronteras son líquidas y ahora, Turquía, es Europa. Sí, es Europa, la nueva Europa otomana. ¿Desde cuándo? Desde que necesitamos a un guardia jurado en nuestras fronteras. O mejor dicho, a un mercenario. Necesitábamos un mercenario, pues así siempre se ha llamado a quien recibe dinero de un ejército extranjero, quien pone las armas a disposición de otro, sólo por la mísera cantidad de 3.000 millones de euracos. Y además, tras décadas de rechazar la entrada turca en la Unión Europea, ahora parece que las dudas sobre cómo aplica los derechos humanos en su país Erdogan, han desaparecido. Pero bien, es lo que necesitamos. A un mercenario no se le puede exigir dulzura en el trato, qué tonterías decimos, ni si quiera ante refugiados.

Refugiado viene del latín, de refugium, que no significaba otra cosa que lugar donde uno se protegía cuando huía. Claro, los turcos no hablan latín. Por eso les decimos que no importa quienes sean quienes están en sus tierra para intentar llegar. Lo importante es que, con tal de externalizar las fronteras, poner más difícil las llegadas, somos capaces de aceptar tímidamente a Turquía como un miembro más. Total, si casi están en Europa…

Frío, hace frío. Es normal, es diciembre. Pero hace más si estás en un campo de refugiados, mucho más, si estás en una orilla del mar a la espera de salir de la mano de una mafia o bien en el monte Gurugú. Hace mucho, pero que mucho frío en Turquía. Con 3.000 millones, no sabemos cuanta calefacción comprarán.

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