Fraude multiplicado por tres

El actual ministro de Educación, Cultura y Deporte Íñigo Méndez de Vigo y Montojo, uno de esos pijos cuya estirpe se avergonzó en su momento de apellidarse sólo Méndez y decidió añadirle cosas al apellido, me sorprendía el otro día con unas declaraciones en relación con el caso de Nadia Nerea, la niña esa tan enferma. Decía el señor ministro que el fraude detectado en relación con el caso no debía afectar a los impulsos de generosidad y solidaridad de la gente. Hace falta tener las pelotas enormes para estar en un gobierno y decir algo semejante. Para empezar, en este país la asistencia sanitaria pública cubre todas esas contingencias, y ningún método médico o quirúrgico, por avanzado que sea, se practica en ningún lugar del planeta con eficiencia diferente a la practicada aquí. Es comprensible que alguien aquejado de un mal preocupante se gaste la pasta en intentar sobrevivir pensando que “en Houston” hacen las cosas mejor, pero se equivocan, “en Houston” nadie tiene secretos que los colegas de aquí no conozcan igual o mejor —en muchos casos—. Es más, la cartera de servicios de la asistencia sanitaria pública lo cubre todo, y si alguna vez hay algún tratamiento contrastadamente eficaz que excepcionalmente no quede respaldado, la administración pública corre con los gastos que su observación pudiera ocasionar. Es decir, todas aquellas personas que piden dinero para costear tratamientos semimágicos allende los mares hacen algo innecesario, por mucho que se empeñen. Disponemos de uno de los sistemas asistenciales sanitarios públicos mejores del planeta —siempre que los liberales de Esperanza Aguirre no se lo carguen—, y nuestros profesionales son de los mejores entre los mejores, así de claro.

Así pues, el ministro no debería invocar a la generosidad; lo que debería hacer es informar a la gente de que su generosidad no es necesaria para esas cosas, ya que el asunto es responsabilidad del gobierno que él integra. Podríamos hablar de las enfermedades raras, que lo que realmente precisan, como cosa principal, es más investigación y más apoyo a la dependencia, cuestiones ambas que no deberían depender de la generosidad de nadie, sino que son una vez más responsabilidad exclusiva del gobierno que él integra.

Consideración adicional a todo lo anterior; la prensa, tan necesaria para tantas cosas, hace amarillismo del duro cuando respalda este tipo de iniciativas: dinero para el niño sordo, dinero para el niño con cáncer, dinero para que yo pueda ser atendido en un hospital de mi capricho por algo de lo que podría hacerse cargo el hospital de mi área de salud, así de claro. La prensa debe contrastar las informaciones, éstas también.

Digamos, en resumen, que ha sido un fraude generalizado. Fraude de los padres de la niña, fraude de la prensa que lo difundió y fraude del señor ministro. Ni la prensa ni el ministro se han sonrojado por el asunto ni diez segundos. Vamos, es que ni siquiera se han dado cuenta.

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