Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus

“Alegrémonos pues, mientras seamos jóvenes”. Así rezan los dos primeros versos de la canción estudiantil cuya construcción latina actual se remonta al siglo XVIII y que en muchas Universidades europeas se interpreta al principio o a la conclusión de un acto académico. La tradición ha elevado esta manifestación a la categoría de himno aunque esa no haya sido la intención de su traductor el poeta alemán Johann Christian Günter.

Es cierto que el contenido textual del Gaudeamus no goza, al menos en las dos primeras estrofas con el añadido de la cuarta, de un mensaje a la alegría que se supone rodea tempestivamente al ambiente estudiantil. “Tras la divertida juventud, / tras la incómoda vejez, / nos recibirá la tierra” o “Nuestra vida es corta, / en breve se acaba. / Viene la muerte velozmente, / nos arrastra cruelmente, / no respeta a nadie”. Claro que como esto lo cantamos en latín, los de ciencias andamos bastante más despreocupados, probablemente porque desde aquel “latín + ajo = latinajo” del bachiller de nuestros prehistóricos recuerdos no hemos vuelto a repasar ninguna declinación con el “rosa, rosae”.

Sin embargo, quiero detenerme en el contenido de otras estrofas que sí me parecen insolentemente aceptables e incluso plausibles, como por ejemplo una de ellas… “¡Viva nuestra sociedad! / ¡Vivan los que estudian! / Que crezca la única verdad, / que florezca la fraternidad / y la prosperidad de la patria”.

La Autónoma de Madrid registró el miércoles pasado una de las más bochornosas manifestaciones del cerrilismo andante muy cercano al fin último de quienes consiguieron boicotear un acto académico siguiendo instrucciones no escritas pero sí dictadas. La Universidad de Palencia que nace hace ochocientos cuatro años del germen de su Studium Generale y que dispara la señal para la salida en una carrera sin límite de tiempo por alcanzar el compromiso del saber mucho y bien para su posterior aplicación, y que tuvo su espejo en la Universidad de Bolonia en la Italia de 1.088, creo que hubiera gustado plantearse el término; y todo esto ¿para qué?

Una Facultad organiza un acto académico con un ex presidente del Gobierno de España y el editor y máximo responsable de uno de los diarios de alcance nacional. En el interior del salón y ocupando sus asientos alumnos que pretendían escuchar a los intervinientes. No fue posible. La barbarie de los sin sentido llegaron en un autobús, al más puro estilo franquista cuando se llevaba al personal a la Plaza de Oriente para escuchar aquella disertación anual sobre las bondades del régimen que siempre empezaba de la misma manera… “Españoles, españoles todos”

Pues bien convendría recordar que hubiera sido mucho más aceptable, transigente y civilizado haber asistido al acto con el respeto a lo que se vaya a decir, y después manifestar su opinión contraria, si es que la hubieran tenido. El debate habría estado servido. La Universidad tiene a gala de ser el lugar de encuentro de quienes saben y lo transmiten y quienes están ávidos por aprender, y unos cuantos desgraciados, encapuchados o con el rostro ocultado con burdas caretas, no pueden ser representativos del quehacer de profesores y alumnos. Incluso además de ocultar su rostro con esos tapa caras, sus instigadores pretendieron no dejar al descubierto sus desvergüenzas de tamaña acción cuyos bolsillos hubieran podido muy bien costear unos antifaces de “alto standing” aunque el bolívar anduviera bastante devaluado.

Alguien tendría que respondernos, si el hecho de romper extintores, zarandear a profesores e incluso a los miembros de seguridad se corresponde con la llamada a “tomar el poder desde la calle” y que “ningún partido sustituye a la fuerza de la gente en la calle”. Convendría, para no llamarnos a engaño.

Ya hemos vivido etapas con Franco y Stalin en donde no solo no existían los partidos políticos, sino que esos eran ferozmente perseguidos; así es que NO, GRACIAS por su oferta porque a la gente de bien que vivimos en democracia no nos interesan las soflamas de quien o quienes nos quieren conducir de nuevo a un tiempo pasado, muerto y felizmente enterrado.

Ante lo que considera quien promulga lo dicho, y en el uso de mi legitima defensa de la libertad de expresión que nos hemos dado todos los españoles, manifiesto a cara destapada mi repulsa a quienes con sus intervenciones en los medios y redes de comunicación (que no sociales) no miden el alcance de sus intervenciones, porque pueden producir el efecto de la Facultad de Derecho de la Autónoma madrileña, y alcanzar a esos de cerebro licuado, sin caer en cuenta de que el ridículo ya estaba hecho. Eso sí, andaban algunas Señorías sin un mal efecto que llevarse a su boca y tuvieron que rescatar del baúl de los recuerdos a la discográfica Odeón, de feliz recuerdo musical.

Me quedo con la tercera estrofa del Gaudeamus… “Viva la Universidad, / Vivan los profesores. / Vivan todos y cada uno de sus miembros, / resplandezcan siempre”. A ver si a alguien que ha sido profesor de una Facultad se les ha olvidado el latín. ¡Ah, claro! Es que el Gaudeamus no se interpreta en griego.

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