Génesis 2:18

Me parece a mí que el Santo Pontífice de Roma genera muchas más interrogantes en el seno de la Iglesia Católica que las que resuelve, pero no porque sus atrevidas propuestas de cambio resulten nada sensatas en relación con los tiempos que corren, sino porque la institución de la que Francisco es máximo mandatario se encuentra todavía anclada en el más absoluto inmovilismo.

Que yo recuerde, la declaración más rupturista de alguno de sus predecesores en el cargo se remonta a finales de la década de los cincuenta del pasado siglo, cuando en los últimos estertores de su ministerio, y a la sazón de su existencia mundana, Pío XII se atrevió a confesar que prefería venir del mono que del polvo de la tierra. Eran otros tiempos, eso es cierto. Europa comenzaba a recuperarse de una durísima posguerra, el mundo estaba henchido de buena esperanza, y a Su Eminencia se le venía reprochando desde hacía tiempo un silencio cómplice con la barbarie nazi. Aunque no es de eso de lo que quiero hablar.

Pero dejar la puerta abierta para en un futuro más o menos próximo permitir que los sacerdotes católicos se casen, entre ellos o con terceras personas, es otra historia. Visto desde una óptica lega, y en concreto la mía, no parece tan mala idea si lo que se pretende con la medida es reforzar los cimientos de una institución que no ha acometido reformas de acondicionamiento en su sede desde hace ya un porrón de tiempo; aunque si tenemos en cuenta que para pedirle disculpas a Galileo tuvieron que pasar más de tres siglos, cualquier demora en llevarla a cabo, por larga y tortuosa que sea, es susceptible de entrar en los cánones de lo razonable.

No me extraña que los reducidos grupúsculos católicos más recalcitrantes tachen el proceder de Bergoglio de falso ecumenismo. No es que lo apruebe ni justifique, naturalmente, tan sólo pretendo explicarme tanto exabrupto con el Papa Francisco como protagonista. Y es que se han dicho de él muchas cosas, pero tal vez la de que es un hereje sea la más inquietante, sobre todo para aquellos que no entendemos tanta animadversión contra un hombre que ha hecho de la conciliación su bandera. Después de todo, el celibato no responde a ningún dogma de fe y podría cambiarse sin incurrir en apostasía.

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