Ha muerto Tzvetan Tódorov, inquieto y lúcido

Tenía 77 años (un año y tres días más que yo). Nació en Bulgaria, país del que se exiló fijando su residencia en París. Lo conocí en Roma en el 75, donde impartió un fantástico seminario cuyo título era “Civilización y barbarie”. Inquieto y lúcido. Desde entonces le seguí la pista a través de sus publicaciones y artículos, así como a través de sus esporádicas presencias en Barcelona donde (posteriormente me enteré) teníamos un amigo en común, Josep Ramoneda. Se le concedió el Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales en 2008. Su discurso fue, y sigue siendo, antológico.

Su pensamiento es rabiosamente actual: su inquietud por una democracia inclusiva, su preocupación por la “barbarie”, donde el enemigo a batir es el otro, el diferente, el extranjero… Les dejo algunos fragmentos que considero imprescindibles.

“La democracia se basa en la idea de igualdad de derechos de todos sus miembros, pero sabemos que, en cualquier país, la igualdad ante la ley no es verdaderamente respetada, ni la igualdad entre los hombres y las mujeres ni la igualdad entre la gente de color diferente, etcétera. Son desigualdades sociales, cosas contra las cuales es indispensable luchar todos los días.”

“Barbarie y civilización son dos categorías de origen particular pero cuya aplicación puede ser universal. Sin embargo, ser civilizado no significa que se tengan estudios superiores, sino que se sabe reconocer la plena humanidad de los otros, aunque sean diferentes. No son bárbaros quienes no tienen buena educación o han leído poco, sino quienes niegan la plena humanidad de los demás, (…). Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia.”

“Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera (…) Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia.”

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