Hay que ver…

Polémica por el cambio de gafas del jefe del Estado francés. François Hollande ha decidido cambiar de gafas. Pero, ¿dónde está el problema? ¿Y la polémica?… ¿Y la noticia? La cuestión es que el par de gafas que había llevado los dos últimos años en que había ejercido como presidente de Francia habían sido fabricadas en Francia. En cambio, ahora ha optado por un diseño danés, con una montura más gruesa y oscura. «¡Qué horror!» -dirán algunos-, ¿a quién se le ocurre traicionar de este modo a su querida nación, en un ejercicio más propio de un apátrida y de un traidor que de un hombre que dice representar y defender al pueblo francés? «Su elección de montura puede hacer pensar que ninguna empresa francesa ha podido satisfacer sus exigencias», le llegaron a decir. Pero tranquilos, no se asusten. La France c’est La France.

Francia, república semipresidicencialista y que cuenta con la Constitución del 58 como la más vigente (la de la V República), ha sido, y así lo constata la Historia, el nido del nacionalismo en Europa. Entre los siglos XIX y XX su imperio colonial llegó a ser el segundo más grande del mundo, situado por detrás del británico. Este amor por la Patrie derivó en chauvinismo (RAE: aprecio excesivo de lo nacional contra lo extranjero) y jingoísmo (RAE: patrioteria exaltada que propugna una política guerrera). Con este panorama la revuelta era de esperar.

Empezó con Napoleón Bonaparte, y ya entrados en el siglo XX le siguió de Gaulle como presidente de la República y culminó el proceso Chirac. Una política interior muy firme y disciplinaria, juntamente con una exterior excesivamente restrictiva han sido los claros detonantes de lo que vive en la actualidad el país vecino. Habrá quien se sorprenda de la subida de Marine Le Pen y su Frente Nacional. Pues no deberían. Lo de las gafas de Hollande es solo un ejemplo. Una minucia, una anécdota. Francia es un país en el que el único idioma reconocido como «oficial» es el francés (y algunos nos dicen que los vecinos «son un ejemplo a seguir»). «Ojalá fuéramos una república, como la francesa…», llegó a decir algún insensato. Por poner un ejemplo, La Marsellaise proclama: «¡A las armas, ciudadanos! /¡Formad vuestros batallones! /¡Marchemos, marchemos! / ¡Que una sangre impura / inunde nuestros surcos!» -lo que nos indica la pasión con la que se vivía el poder ir a la guerra defendiendo la tricolor francesa, puesto que el himno fue escrito en 1792-.

Ahora podemos acordarnos e indignarnos de que el presidente de la República Francesa abandone su amada patria y opte por unas gafas que vienen del extranjero. Si «no hay sitio para los que vienen de fuera», como afirma Marine Le Pen podemos sentirnos orgullosos de nuestra democracia, y de nuestro himno, que para colmo de unos y fortuna de otros, no tiene letra… Pero lo cierto es que visto el panorama francés peligran los principios que la democracia dice defender, y que emana del lema de la propia nación francesa, Liberté, Égalité, Fraternité.

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