Hijos de un dios menor

El último estudio de Intermon Oxfan, denuncia un nuevo descenso en el porcentaje del PIB que nuestro país destina anualmente a la ayuda al desarrollo de los países más vulnerables. Nada menos que en casi un setenta y tres coma cinco por ciento más que el 2014 se eleva nuestra indiferencia hacia los que sufren. Y digo nuestra, porque como súbditos de una monarquía parlamentaria que somos, cuando decidimos con nuestro sufragio el color político y, a la sazón, las decisiones de quien ha de mandar en las instituciones, buena parte de esa responsabilidad a la que me refería es también nuestra. Por fortuna, la mayoría de comunidades autónomas, entre ellas la nuestra, no han dejado de lado a quienes más precisan de la ayuda de las instituciones.

Muchos de nuestros compatriotas pensarán, no sin razón muy probablemente, que España no está hoy como para regalar nada a nadie. Pero es que estamos hablando, en el peor de los casos, de no más de un cero coma siete por ciento del Producto Interior Bruto, porcentaje a mi juicio minúsculo con el que se comprometió nuestro país, junto a otros veintiséis mal llamados donantes, no sólo para aliviar en buena parte la penuria que sufre el tercer mundo, que también, sino como una manera de ayudarles para que finalmente puedan ayudarse a sí mismos.

Lo malo es que nos obcequemos en verlo como una dádiva y no como una inversión de futuro, que es lo que es, que les eche una mano para avanzar hasta conseguir una sociedad más justa que la que tiene la mayoría de ellos en sus países de origen. Empezando con la designación de unos líderes íntegros, y no sátrapas como hasta ahora, que breguen por el interés común por encima del suyo propio, continuar dictando leyes más probas que tengan en cuenta el derecho a la diferencia y aboguen por la igualdad de oportunidades para todos y todas, y acabando con una escuela pública y de calidad que no señalar, son entre muchos los privilegios que esas personas anhelan y que nosotros no queremos compartir.

Les negamos eso, para después sorprendernos de que pretendan llegar a toda costa hasta nuestras playas, jugándose previamente la vida en el intento con tal de quedarse con nosotros y disfrutar de todas nuestras prerrogativas. Pero eso es sólo una verdad a medias, la verdad que falta es aquella que comprende que nadie que esté mínimamente bien en su casa se lanza a la aventura con el riesgo de perder la vida en el intento.

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