Historietas (III): Roma, un caos amable

Cuando uno visita Roma por vez primera la percibe como una ciudad caótica. El centro, (Il Corso, Piazza Venezia…) repleto de coches tocando sus cláxones a los que hay que esquivar, mientras el guardia de tráfico contempla el espectáculo con algún que otro pitido sonoro. El transporte público no es una excepción y forma parte del caos. Nadie puede afirmar seriamente que sea una ciudad limpia y aseada, y sin embargo es una ciudad amable, donde ocurren cosas que sólo allá podrían ocurrir. Les narro un hecho cierto del que fui testigo en pleno Campo del Fiori. Un hombre, tullido él, montado en una silla de ruedas, transcurría entre puestos de ventas de verduras o productos exóticos. Sorteando las terrazas de bares y coches, intercalando alguna Tarantella, solicitaba ayuda para vivir y sobrevivir de un accidente que le dejo postrado en su silla de ruedas. El asunto parecía funcionarle, pero repentinamente apareció con su chillona sirena un camión de bomberos solicitando paso. La calle era estrecha. Un grupo de personas se acercaron a la silla de ruedas con la intención de ayudarle a despejar la calle. Pero, oh sorpresa, el tullido se levantó y dando las gracias se puso a caminar con la silla en ristre. Unos se indignaron, los vecinos reían. Hasta hace tres años, cada vez que visitaba Roma, iba a comprobar su existencia, formaba parte del paisaje urbano. No supe si traspasó “su” lugar a una mujer, también tullida, que intentaba manejar unas muletas. Y podría sumar y seguir. A mí, Roma me ha creado “mono”.

Viví en Roma dos años seguidos, 1967/68, mientras estudiaba Teología en la Universidad Gregoriana y hacía mis pinitos de sociología en la Universidad Pública. Eran los primeros años de la conclusión del Vaticano II (1962-1965) y la viveza del Mayo Francés (1968). Vivía en la céntrica plaza de Gesú, donde también estaba ubicada la por entonces potente Democracia Italiana (DCI), y por la parte lateral confluía con la calle Botteghe Oscure, donde resaltaba la sede central del no menos potente Partito Comunista Italiano (PCI).

En la Gregoriana tuve ilustres profesores conciliares. Hice muy buenas migas con un jesuita alemán Joseph Fuchs, profesor de Ética y Moral. Un día averiguó que yo, además de español, había nacido en Mallorca. Me citó en su despacho, acudió a un anaquel de su biblioteca, del que extrajo un montón de libros que depositó con fuerza delante de mis narices: los siete tomos de Die Balearen del Archiduque Luis Salvador. Conocía mucho mejor que yo las Balears y la figura del Arxiduc, pero le faltaba visitar Mallorca. Un verano, tres años después, le invité a venir a la isla. Y aceptó. En contrapartida, le regalé el Llibre d’Amic e amat, de Ramón Llull. Años después nos reencontramos y conocía mucho mejor que yo la personalidad y la obra de Ramón Llull. Un día el profesor Fuchs ponía faz de preocupado. Tomando un capuccino, me narró su zozobra. Desde el Vaticano le proponía que pidiera excedencia en la Gregoriana y dedicara al menos seis meses a África. Pero no en labores de misionero, sino de “estudioso”. Léase investigar y profundizar los modos y maneras como los africanos, especialmente de etnia negra y practicante de religiones ancestrales, comprendía y vivían sus lazos familiares. Desde la familia extensa, como el “hogar familiar”… El motivo era claro. Parte de la jerarquía africana manifestaba su inquietud porque ciudadanos y ciudadanas de diversas etnias y culturas que se habían convertido al catolicismo, seguían practicando sus ancestrales costumbres referidas a sus contextos familiares que no coinciden con los modelos de familia occidental cristiana. Era preciso descalificar tales hábitos, simplemente porque no eran acordes con la Iglesia y la Ley Natural. Pero Fuchs no lo tenía muy claro. En consecuencia, no aceptó la invitación Vaticana. Reacción que no comprendieron varios compañeros de cátedra, toda vez que tal negativa de Fuchs significaría un “borrón” en su curriculum hacia tareas superiores en el Vaticano.

En la Facultad de Sociología, además de tener acceso a múltiples autores en España vetados, tuve ocasión de convivir con los ecos romanos del Mayo francés. Enrico Berlinguer, líder del PCI, era uno de sus actores. Hombre complejo, teórico del eurocomunismo, que consiguió un acuerdo nacional entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista de Italia (Compromesso Storico) que no fue operativo al ser secuestrado y asesinado Aldo Moro, su homólogo democristiano (decenios después, siguen sin conocerse los autores reales de su muerte). Tuve ocasión de participar en manifestaciones estudiantiles, en torno al espíritu del Mayo francés, me resultaba “novedoso” (en referencia a la España de entonces) que no hubiera que temer a los porrazos de la policía.

Pero también descubrí otros placeres. Casa Antonio, cerca del Pantheon, donde todavía hoy se puede gozar de sus pastas “mal Tagliate”. Y los Tartufos en los Tre Scalini de la Piazza Navona. Y los maravillosos palacetes dedicados a dioses y diosas ubicados en los entornos de la Bocca de la Veritá. Y lo mejor: los romanos/as: afectuosos, mentirosos, simpáticos y mil y otras virtudes (¡que deben “tomarse” con prudencia si no quieres sufrir un empacho!), y los pulidos y elegantes monseñores en los entornos del Vaticano.

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