Inviolables

Un primer grito esperanzador: “ODIA El DELITO, COMPADECE AL DELINCUENTE”. La excepción que confirma las reglas son las compañeras que no se han enterado. En la cocina los Torres, Iñaqui de jefe de comedor, y a la calle a tomar el sol que son dos días, y hoy es lunes. También el banquero del partido judicial de Montalbán, en ese Teruel que no existe y el de Salamanca, barrio privilegiado de la capital del Reino, que si lo conoce todo el mundo occidental, aunque tengan que reflexionar un momento, un ratito, para identificarlo.

Hubo una magnífica película, que en el idioma de aquí se llamo “El ladrón de bicicletas”, y que reflejaba ese dilema entre el que comete un delito impresionante, deja a familias con grandes dificultades, lo condenan por delitos probados, y no van a la cárcel. A mí eso no me preocupa demasiado, la cárcel cuesta, hay que darles de comer, cambiarles las sábanas, cuidarles, es un pastón. A mí me gustaría que me devolviesen lo que me han robado. Cada uno me ha quitado solo un poquito pero son tantos que me están dejando con menos recursos, que ya me alarmo individualmente e incluso socialmente.

¿Hasta cuándo van a ser inviolables, como el emérito y su hijo? ¿Hasta cuándo aforaremos a los demás? ¿Hasta cuándo, Catalina, tendremos que ser pacientes? ¿Es la democracia orgánica y les volveremos a votar? ¿Hay que salvar a los combatientes? ¿La ropa sucia se limpia en casa?

Un grito desgarrador: “EL ÚLTIMO QUE APAGUE LA LUZ”. ¿Esa posición de no poder responsabilizarles de nada es extensible a sus cónyuges, parejas de circunstancias, cazadores de proboscidios, encantadores de cobras, o los relacionados con la transitoria ley que va camino de las cuatro décadas? Yo creo que incluso a simpatizantes, y amigos de toda la vida, amplio concepto que permite albergar un buen elenco de personas sensatas y multitud de robaperas.

Un grito patético: “DIOS SALVE LA CORONA”. Dijo Pierre-Simón Laplace, y no se refería solo a la corrupción, “lo que conocemos es muy poco, lo que ignoramos es inmenso”. También San Agustín mencionaba al pobre inocente que intentaba vaciar el mar con una concha de viera. Otro sabio Newton recordaba ese episodio, “veo que he sido como un niño pequeño jugando en la orilla del mar”.

No resulta divertido, es alarmante sociocultural, psicosomático y endémico. Estamos hasta la coronilla, y hasta el forro. Nos pueden tomar el cabello muchas veces pero no por demasiado tiempo.

Un grito final estilo Munch: “TODO POR LA PATRIA”. En honor de todos los que se esfuerzan en buscar en esta basura la verdad. Ese trabajo investigador difícil, lleno de documentos en cajas de cartón, discos duros manipulados, lápices con información, papeles triturados y que ven que toda su labor se diluye con ese proceso “garantista” para algunos.

La tentación es dedicarse al “robaperas” y olvidarse de los que están ya en el paraíso, y de los que si reparan, si devuelven lo “mangado”, tras la pena de la media recuperen el resto escondido y a seguir que son dos días. Pediría que continuasen luchando, por mantener nuestra esperanza.

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