La coleta de Millán Astray

El 12 de octubre de 1936 los viejos muros de estudio salmantino presenciaron una de sus más tristes horas. El viejo rector Unamuno se erigía como sumo sacerdote del templo de la inteligencia –o de la docta ignorancia- que debiera ser la universidad frente a un enardecido Millán Astray que proclamaba la muerte de la inteligencia. Aquel preludio tardío de lo que ya era la Guerra Civil española no está tan alejado de nuestros días. Hoy Millán Astray lanza arengas populistas, y tuerto del ojo del espíritu, cojo de todo sentido común y manco de realidad, añade una coleta a su ya fantasmagórica silueta. Ahora ya el legionario es un claro esperpento, de novio de la muerte ha pasado a seductor de una moribunda ciudadanía ya asesinada por veinte años de mala política y peores políticos. Y ahí sigue arengando a la soldadesca: no hay mayor embrujo que el de la palabra.

Esta vez doscientos hunos –que no hotros– han impedido que en la Complutense, otro templo de la inteligencia, mera capilla de la docta ignorancia o catedral de la burocracia, tuviera lugar una conferencia de Felipe González. Da igual quien hable, sea Felipe González o Hugo Chavez. Al primero siempre le reconoceré el haber sancionado definitivamente eso de «hay que ser socialistas antes que marxistas» que buena parte del ya agónico PSOE se niega todavía a entender. Una visita relámpago a los países del Este les curaría de tal enfermedad mortal pero ¡ay! ni el trasero mueven de las poltronas. El segundo es mejor que no platique ni perore, demasiado palique al igual que nuestro Millán Astray redivivo. Cháchara, macaneo, verborrea, pero poca substancia. Con no ir a su conferencia, se arregla.

En la universidad, sea esta templo, capilla o antesala del infierno, no hay lugar para forcejeos que no sean dialécticos. La única violencia admisible es la de la palabra, que no es poca, y si es inteligente e irónica, mejor. Los eventos acaecidos el día de ayer en la Complutense no tienen justificación. Si usted no quiere escuchar, no vaya, pero no impida hablar. A mí hay muchas cosas que no me gustan, entre ellas pasar cada día debajo de una placa que dice «Visquen els països catalans», pero no se me ocurriría tirarle huevos o hacer pintadas. A lo mejor algún día llegamos en la facultad al consenso de que ese no es su lugar.

Utopías hay muchas, pero no sólo de pan vive el hombre. Lo importante de las mismas es que tengan un valor regulativo y que nadie perezca bajo su yugo, -ése no es suave. El juego democrático sólo entiende un comercio: el de las razones. En esa casa que es la universidad y que idealmente debiera ser una escuela de buenos ciudadanos la moneda corriente y de curso legal es la palabra, estúpida o certera, pero siempre revisable y rebatible, no hay más. Ni abucheos ni, mucho menos, una caterva asalvajada. La sociedad española tiene un problema cuando no entiende por qué a nadie puede privársele de su derecho a hablar y disentir, de explicarse en los foros adecuados para tal fin y, no lo dude lector, la universidad debiera ser uno de ellos.
Mientras eso no se entienda, temblemos ante lo que no es ya la rebelión de las masas, sino la de las hordas dispuestas a todo, es decir, a la inhumana barbarie. No hay participación ciudadana sin diálogo. Instar a romperlo, hable quien hable, es una contradicción flagrante, vil populismo y demagogia. Ojalá Felipe González pueda hablar, del mismo modo que el Sr. Ensenyat cuando cambie el talayote por la universidad, entonces les escucharemos y discutiremos con ellos. Mientras, guardemos armas, abstengámonos de empujones y gritos y no pretendamos hacer «de cada pecho un Alcázar de Toledo».

 

2 comentaris a “La coleta de Millán Astray

  1. Perfecto y valiente artículo Andrés. Lo suscribo palabra a palabra.
    “La única violencia admisible es la de la palabra, que no es poca, y si es inteligente e irónica, mejor. Los eventos acaecidos el día de ayer en la Complutense no tienen justificación. Si usted no quiere escuchar, no vaya, pero no impida hablar”.
    Un afectuoso abrazo,

  2. Gracias por su Articulo en favor de la democracia y, la
    tolerancia. Corren malos y demagógicos tiempos.

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