La filosofía entre rejas

A tenor de las perspectivas de pervivencia de la Filosofía como materia de los planes de estudio de secundaria el diario El País publicaba un reportaje titulado «El pensamiento que resquebrajó el Franquismo» (El País, 29 de agosto de 2016). En el mismo, diversos académicos rememoraban lo que ya es una hazaña heroica en el imaginario del colectivo, a saber, la desposesión de sus cátedras a los profesores de la Complutense García-Calvo, Aranguren y Tierno Galván. La conclusión es que desde las facultades de Filosofía se contribuyó a acabar con el régimen totalitario del general Franco. Quizás no pase de ser una mera exageración que convendría aquilatar con más precisión.

La Complutense en aquella época era un secarral donde lo único que cabía encontrar eran unos pocos y aislados brotes verdes nutridos de una connivencia previa con el régimen. Desde luego, una actitud muy distinta de la de un Julián Marías que se negó a jurar los principios del movimiento y, claro está, se quedó fuera de la academia aunque viera sus libros publicados al inglés o al alemán. En cualquier caso, no me voy a pronunciar sobre la ya de por sí difícil vida académica e intelectual durante los años del franquismo, vida que, para otros fue de una comodidad al menos tan inmensa como el desierto intelectual que generó la victoria del bando sublevado durante casi cuarenta años. Lo que sí es cierto es que se atribuye a la Filosofía una capacidad de cambiar las cosas o ser la voz de la crítica que dudo que hoy, en tiempos de democracia –al menos formal- se lleve a cabo más allá del mero interés gremial y de la actividad políticamente correcta que los propios académicos se atribuyen.

La universidad siempre ha sido un terreno rico en conservadurismos de muchas y diversas especies, no precisamente el templo del librepensamiento que otrora Unamuno reivindicara como sumo sacerdote. La filosofía como actividad tiene un papel, otra cosa es que los profesores de filosofía decidan adoptarlo. Bien cierto es que no es una disciplina cómoda, pero sí que fácilmente se vuelve acomodaticia. Para ello basta con dejar de pensar para pasar a adoctrinar. Cualquier escolástica bien sabe que tan pronto se institucionaliza deja de ser librepensamiento. Cuando la filosofía pasa de ser mero filosofar a ser doctrina y catecismo, ya no es filosofía, sino la misma muerte en vida de una noble actividad. Las instituciones no parecen colaborar en desarrollar una actividad que, como ya he dicho, es esencialmente incómoda. En efecto, los rigores de las evaluaciones que asignan notas numéricas al rendimiento de los alumnos, los criterios de evaluación del profesorado de humanidades calcados de lo que es un neocapitalismo que hace de la actividad científica el motor básico del sistema productivo o la subordinación del discurso educativo a los criterios de eficiencia y productividad hacen de la academia un institución que, lejos de ser un espacio de librepensamiento, es un espacio altamente regimentado y que trata de imponer una mirada monolítica sobre la realidad que pretende desentrañar. Desde luego muy lejos queda el orteguiano intento de comprender la circunstancia vital de cada generación.

Para muestra del talante académico, del filósofo-funcionario, leal a la mano que le da de comer, permítaseme narrar un breve episodio que me aconteció en cierta asociación dedicada al cultivo de la filosofía más allá de las aulas académicas. Hace una serie de años, cuando en Valencia la policía cargó contra los alumnos que se manifestaban por la política de recortes educativos del PP, solicité a la junta de ese mismo colectivo una nota pública condenando las cargas policiales. Se me contestó que, como institución, jamás se pronunciaba acerca de cuestiones políticas ya que su misión era el fomento de la filosofía. Años después toda una serie de profesores solicitó una muestra de apoyo en la lucha contra las medidas que el gobierno del presidente Bauzá estaba tomando en materia de política lingüista. El ya tan cacareado tema de la identidad catalana o de los derechos colectivos y lingüísticos salió nuevamente a la luz. Recordé que lo que había sucedido años atrás había sentado un claro precedente. Y si bien se podía dudar del carácter político de los hechos de Valencia, pues se trataba más bien de un asunto de libertad de expresión que afectaba a los derechos más fundamentales del ciudadano, no había dudas de que la política lingüística no podía estar al mismo nivel. Insistí, no entendía cómo las espaldas de nuestros alumnos pesaban menos que la política lingüística, cuestionada y cuestionable, del momento. No hace falta decir que no obtuve ningún resultado. Se votó a favor de condenar las prácticas de Bauzá que impulsaban el trilingüísmo y restringían el papel de la lengua catalana en la educación y la administración pública; las espaldas de los alumnos de Valencia siguieron considerándose un asunto político que no merecía la atención de la comunidad filosófica balear: ¡no nos metemos en política! O, lo que es lo mismo, no hay ningún impedimento para que la profesión defienda lo que cree que debe defender, ya sea un régimen manifiesto, ya sea unos intereses de clase, ya una política lingüística que beneficia de algún modo al colectivo local.

Defender la filosofía es una actividad muy noble cuando se hace porque se cree en el filosofar como práctica liberadora. Cuando es simple interés gremial, se convierte en un pérfido instrumento a favor de algún discurso que, paradójicamente, sólo la buena e incómoda práctica filosófica puede desentrañar. Hay muchas veces que me pregunto si no sería mejor que nos dejaran hacer sin más al margen de las modas académicas… me temo que, como toda buena filosofía, es mera utopía.

2 comentaris a “La filosofía entre rejas

  1. Estupenda reflexión Andrés.
    Desgraciadamente en todas las comunidades formadas por humanos, el interés gremial y personal, asoma más de lo que muchos desearíamos.
    Un afectuoso abrazo,

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