La imprevisibilidad de la sociedad comunicada

Se acerca una de las fechas más peligrosas de los últimos tiempos, y no es que escaseen los riesgos, pero seguro que ya le está pareciendo a usted un error que la palabra Trump, a quien para menospreciar llamaré “magnate”, no figure en el título de esta entrega. El motivo es porque, en mi opinión, entra dentro de lo probable que ese aspirante tenga con Google algún acuerdo, y lo mismo recibe un centavo por cada línea del buscador en la que aparece su apellido, así que me niego a colaborar.

Avanzamos, o retrocedemos quizás, hacia la cita más importante con unas nuevas urnas que en realidad son globales, por un camino en el que líderes tan distintos y alejados como Iglesias, Cameron y Santos se han sentido tan igualmente convencidos de ganar sus apuestas contra una voluntad popular que no sabían oculta, como idénticos han sido unos fracasos que, probablemente, en lo único que se parecen es precisamente en eso, en el revés que han proporcionado a sus osados impulsores.

Iglesias forzando las elecciones del 26J en España que podría haber evitado, Cameron con el referéndum del Brexit y Santos con el del acuerdo con las FARC en Colombia, han constituido tres casos en los que ha fracasado estrepitosamente una “industria” tan madura como la demoscópica, arrastrando a los que certificaba como triunfadores. Esperamos que no ocurra lo mismo el 8 de noviembre en USA y se confirmen los buenos augurios para Clinton, aunque solo sea por la ilusión que implicará ver a una mujer en la cima de las cimas.

Pero regresaré al miedo. ¿Quién no se imagina al magnate triunfador propiciando desde lo más alto un amplio programa de rearme nacional tras incumplir todos los tratados mundiales contra la expansión bélica mientras se llena la boca de demagogias simplonas? No es necesario recordar lo que ocurrió, democráticamente al principio y hace casi un siglo, en un país de Europa tras otra gran crisis económica.

Seguiré con preguntas sin respuesta. ¿Alguien ha dado una explicación convincente a esos tres fracasos? Son tan lícitas las sesudas especulaciones de articulistas y tertulianos por doquier como la teoría, triunfadora por lo que tiene de intuitiva, de que las alas en movimiento de un lepidóptero en las antípodas de Madrid, Londres y Bogotá, respectivamente, fueran las responsables de cada uno de los tres revolcones que al unísono y en tan poco tiempo han proporcionado a líderes y encuestadores.

Así que sufrimos todos, y sin poder hacer nada, las consecuencias de unos instantes electorales formalmente democráticos, pero tan sometidos a casualidades como decisivos lo son para una sociedad  que, por cierto, se parece hoy a aquella en la que se inventaron como un huevo a una castaña.

Resumiré la preocupación que a tantos afecta con un ejemplo. Digan ahora lo que digan las encuestas en USA, podría ocurrir perfectamente que, por pura casualidad y sin mano negra de por medio, una publicidad cualquiera, que más da, pero que acierte en determinada víscera, consiga hacer cambiar en la misma dirección y en el último instante  la decisión electoral de unos cuantos miles de indecisos habituales, los suficientes como para que gane las elecciones un magnate incalificable en lugar de una mujer respetable.

Creo que existe un verdadero peligro de que las grandes corporaciones financieras de tamaño mundial se terminen cansando de un  comportamiento imprevisible por parte del electorado, tan endeudado además, que se habrán creído, y busquen por todos los medios asegurar la continuidad de sus secuaces en los gobiernos nacionales, sorteando con trampas las molestias que cada cierto tiempo supone la democracia.

¿No nos suena a algo parecido esta inevitabilidad de que gobiernen los de Rajoy en España? Lo conseguirá, por fin, contra vientos, mareas y delitos que se amontonan contra ellos en los juzgados. Y ocurrirá porque tal conclusión derrotista, presuman de lo que presuman, ha sido asumida por activa o por pasiva por el resto de partidos políticos, desde Podemos a Ciudadanos pasando por nacionalistas y PSOE, y quizás más por un miedo real a gobernar de todos y cada uno de estos partidos políticos, que por cualquier otra cosa.

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