La obesidad, una adicción

Libro últimamente una especie de batalla contra la obesidad. No se trata de un problema personal, ya que estoy hecho un pincel, sino de un problema de salud pública. O sea, que sí es personal porque una de mis profesiones persigue el fomento de la salud pública.

La obesidad es el principal problema de salud pública actual. No uno de los principales, sino el principal. La tasa de obesidad infantil española es la más alta del planeta; no una de las más altas, sino la más alta. El gasto sanitario derivado del padecimiento de la obesidad —elevado colesterol, diabetes tipo 2, hipertensión, sedentarismo, etc.— es extremo y en todo tipo de recursos, farmacéuticos, asistenciales y sociales.

Cerramos las puertas al consumo público de tabaco y alcohol, y procuramos, al menos en el caso del tabaco, que su consumo además sea incómodo —a la calle a pasar frío—. Nos preocupamos de que los referentes sociales no expongan sus adicciones (la obesidad es una adicción); por ello no veremos a un famoso fumando como un carretero o bebiendo como un cosaco, ningún ministro o conseller que se precie expondrá su vicio en público. Simplemente no lo hará. Se preocupará de que no le saquen fotos echando humo o calentándose un par de whiskys, por muchas ganas que tenga.

Sin embargo, con los obesos no ocurre tal. Un gordo no puede ocultar su vicio —comer en exceso es un vicio, y de los malos—. Muchos de ellos excusan su aspecto diciendo la mentira de que su metabolismo les impide adelgazar, cuando un metabolismo determinado puede que propicie una situación pero no la definirá —exceptuando casos afortunadamente excepcionales—. La gestión de las calorías es como la de los euros: si gastas más de lo que ganas puedes hacerte rico, si gastas más de lo que comes te conviertes en obeso. No hay más consideraciones, dos y dos son cuatro.

Baleares, afortunadamente, aún tiene la tasa de obesidad más baja del país, pero parece que el Govern Balear está seriamente comprometido en que eso cambie. Si no, no se entiende que entre sus componentes haya índices de masa corporal que son, al menos, destacables. A juzgar por su lozano aspecto de hace veinte años y el actual —esa es otra: gente que lleva en política chupando del bote decenas de años—, diríase que una de las personas del Govern ha ganado siete gramos diarios desde entonces; otra persona dirigente del mismo organismo gubernativo conculca parámetros y medidas, lo que sin duda haría las delicias de un servicio de endocrinología. No es admisible que dos —y dudo de otra persona más— de las personas que se sientan en el Consolat de la Mar semanalmente, y sean por ello referente social, expongan a las bravas su adicción a la comida con toda normalidad. La obesidad es una adicción de consecuencias peligrosas, y no se puede enviar el mensaje a la sociedad de que no pasa nada si te sobran muchos kilos, igual que no se puede transmitir que no pasa nada si un conseller es adicto a la bebida, es un obseso del tabaco, o se gasta su dinero en el bingo. Los referentes sociales no pueden ofrecer ese mensaje.

Tengo amistades gordas a las que adoro, pero… no pueden ser referentes sociales. También sé que a doña Francina Armengol todo esto le importa una higa, lo mismo que nuestra salud, resumiendo.

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