La pulcritud como objetivo político

El Parlament Balear ha sido objeto de un circo durante las últimas semanas, debido a la decisión de Podemos de expulsar a dos diputadas, entre ellas la presidenta de la cámara, supuestamente por haber anunciado un voto contrario a las directrices del partido. Algo que suena bastante pobre como motivo.
Tras un vodevil interminable, Podemos propuso a uno de sus diputados, Baltasar Picornell, como reemplazo. Los socios del pacto que gobierna Baleares se mostraron contrarios a este candidato, sin decir claramente el motivo, aunque se intuía. Los días han ido pasando y, finalmente, tanto el PSOE como Més aceptaron a Picornell. Según Podemos, hay un compromiso de que el diputado sea “pulcro” en su gestión, admitiendo de hecho cuáles eran los temores de los socios. ¿Qué significa eso? Pues, por lo que se ve, se trata de que Picornell no organice circos, no rompa la vajilla, no eructe en la mesa, etcétera. Podemos se comprometió a ello e incluso fue más allá: si Picornell no cumple, ellos ya no aspirarán a mantener la presidencia del Parlament.

¿Qué más se puede pedir? En Baleares, los políticos reconocen públicamente que su objetivo máximo es que el presidente del Parlament no dé la nota, no organice numeritos, sea “pulcro” en el lenguaje oficial. ¿De gestionar con eficacia, de optimizar el funcionamiento de las comisiones, de acelerar el control del gobierno, de dar calidad a los trabajos de los diputados? No, de eso nada. Aquí el listón está mucho más abajo: nos conformamos con no dar la nota.
No estaría de más recordar que no vale lamentar el hundimiento del prestigio de la democracia; actos como estos son los que realmente desprestigian unas instituciones que con tanto sufrimiento logramos que España pudiera llegar a tener. Destrozarlo todo, robando como hacen unos o proponiendo personas sobre cuya conducta no hay garantías, es muy fácil.

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