Las patologías del PP balear

O de cómo se olvida el liberalismo que nunca se comprendió a cómo se articula el regionalismo más ramplón, pues el mismo día en que los líderes europeos piden unidad y arremeten contra el nacionalismo, según reza el titular de El País (25/III/2017) bajo el que se sitúa una imagen de un ya cansado Mariano Rajoy junto a Angela Merkel –que todavía debe estar dándole a los antipsicóticos después de su visita a casa Trump-, el PP balear celebra un cónclave por el que va a resucitar a Don Gabriel Canyellas.

El «don» ni es por bachiller ni por señorío, sino por simple aficionado a «lo nuestro», categoría hegemónica del eufemismo «regionalista» que, en cristiano, es «nacionalista de tapadillo». Don Gabriel, ya sea de canela fina o de compañero, bien debe saber qué es semejante engendro de teratogenia espiritual pues, abjurando de todo principio liberal, sanciona de nuevo el terruñerismo más ramplón, miope e interesado que pueda verse. Popular y populismo, por muy de corbata y bolso de Louis Vuitton que compita con los chándales venezolanos, son la misma cosa. Entre la gomina y la mugre diferencia no hay. Pero la política es el arte de lo posible, y en las filas del PPSOE se ha instaurado un práctica que, si no ya, pronto se extenderá a otros actores del salón de bailes del casino balear -antaño lugar de gente bien, hoy casa del pueblo por no decir de las masas- a saber, una cosa es lo que se dice en Baleares y otra lo que hay que decir en Madrid.

En la capital y villa del reino –no se olvide ciudadano, aunque a diferencia de nuestros vecinos de Albión no seamos súbditos, no somos república- ahí lo que importa es el reparto del pastel, el otrora imperio que se mide en número de votos y plazas conquistadas. Y si París bien vale una misa, ¿por qué no comulgar con la herejía del regionalismo si nos ha de dar el gobierno en Baleares? ¿No nos dedicábamos a lo nuestro?, pues más nuestro que la propia actividad expansionista del partido, aún sacrificando el liberalismo de derechas, no hay nada. El cañellismo es canela fina, por no decir cayena para determinados paladares más aristocráticos, articula la teoría de la doble verdad como ningún averroísta lo hubiera hecho y eso que los hay que, como la europea Estarás, ¡leen a Ramón Llull! Han avanzado desde que aquella política del casino balear quisiera una entrevista con el mismo iluminado doctor, o que la titular de educación se pisara la cola con un informe que no acababa de inclinar los datos hacia donde ella quería. Los democristianos, no se olvide que el PP es un partido que en sus estatutos dice defender el humanismo cristiano –le pediré a Estarás que diserte sobre el tema a ver si me aclaro ahora que lee a los medievales- obvia la máxima evangélica que dice «verás cosas más grandes» (Jn. 1, 45-51).

Y sí, después de Bauzá, cosas más grandes veremos, como que Herodes sea amante de los niños visto lo que nos espera con el compañero de Don Gabriel. En suma, una revuelta foránea más. Hace unos años fue en las filas del puño y la rosa que, traspasando las murallas, impusieron a Francina Armengol, hoy los populares han hecho de agermanados y han vuelto a triunfar sobre una capital que no tiene nada de siglo XXI y sí mucho de XIX reaccionario. Regresamos unas vez más a la gastronomía terruñera como único tema de conversación: arroces, embutidos y cochinillos. Sencillamente repugnante.

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