Las profesionales

Desde hace algunas semanas, al socaire de la magnífica serie televisiva “Isabel”, he acudido a mi biblioteca para recuperar biografías reales, como la misma Isabel o Fernando el Católico, y las de sus hijas Juana, conocida como la loca de Tordesillas, y Catalina de Aragón, Reina de Inglaterra y madre de Bloody Mary, María Tudor. Sin duda alguna, los tiempos eran diferentes, los modos y formas de conducta, también. Las veleidades de los monarcas, de la nobleza y de la Corte, no pueden tener ni punto de comparación con los actuales modos y monarquías. Sin embargo, de la lectura de aquellas vidas, azarosas, difíciles, incluso amargas, sobresale por encima de todo un deseo, posponer la propia existencia al Reino, fuese español, fuese inglés, fuese escocés. La entrega de aquellas infantas a sus respectivos destinos parece como si hubiese formado parte de su ADN más íntimo y personal, como si fuese uno más de sus nucleótidos. Una, como Catalina, defendiendo su prestigio real por encima de presiones, infidelidades o traiciones, portando siempre el orgullo de ser Infanta de España; todas inmersas como tales en el gran gobierno del mayor imperio de la historia, bajo los designios de un padre olvidadizo, poco dado al afecto paternal e impregnado del sagrado deber de reinar y gobernar a todos sus súbditos como su suprema razón de Estado.

Otra, Juana, también envuelta en un mundo y una cultura ajenas, enviada a un matrimonio con un príncipe desconocido que, ambicioso como su suegro, no logró que abdicase de ninguno de sus derechos y prerrogativas, imbuida de su impronta de Infanta, primero, y luego de Reina de Castilla. Juana, seguramente estaba loca de amor o por amor, pero en modo alguno era tonta, aunque Felipe le Bel, creyéndoselo, intentase hacerle firmar cuanto documento le convenía a su ambición. Son historias vitales que, en estos días, sería beneficioso repasar y profundizar en el sentimiento hondo que nos producen los hechos que relatan. Una sensación que puede compendiarse en una sola palabra, Reino. Llevaron su infantado tan impregnado en su piel, en su esencia de hijas de Reyes, que aceptaron matrimonios con príncipes lejanos, y nos les importó ni el hecho de no tener ni para camisas, obligadas a utilizar prendas remendadas. Y puestas a sufrir, no hicieron caso de los cantos de sibila ni de obispos como Fisher ni de comuneros como Padilla, empero su real padre tenerla olvidada o su imperial sobrino mantenerla en un cuarto sin más luz que la proveniente de unas velas encendidas día y noche. Ni tampoco hubo lamento más allá de la normal queja ante las órdenes caprichosas del monarca inglés de hacerla trasladar de palacio en palacio hasta toparse con el más lúgubre, insalubre y húmedo de toda Inglaterra.

Su realeza estaba impresa en cada acción, en cada opinión, en cada defensa de su feminidad. Eran Infantas hijas de reyes, destinadas a integrarse en las razones de Estado y de gobierno que emanaban de sus imperiales padres. El Reino era su verdadero y único amante. En tal espíritu de servicio fueron educadas y formadas y a él le dieron cumplida y fiel cuenta durante toda su vida. Eran unas verdaderas profesionales de su tiempo, de su difícil tiempo histórico. Una, Catalina, fue llorada como Reina por sus súbditos ingleses, mientras la Bolena y la Howard eran decapitadas entre el jolgorio del populacho. Tordesillas tiene una placa en una de sus calles que reza Juana I de Castilla. Ciertamente por tal formación no se embarcaron en exigencias de libertad matrimonial, ni se rodearon de aduladores que cegaban su profesionalidad adornando sus palabras, ni se amotinaron contra los designios paternos que les embarcaban a yacer con hombres desconocidos en tierras con lenguas y hábitos desconocidos. Ellas sabían que habían nacido para ser Infantas de España y a ello se debían en forma entera y sin límite. No pretendían enriquecerse de amor, como tampoco desearon enloquecer de amor; solamente procuraron servir al designio que su real hogar les había destinado. Sin duda alguna, las infantas Catalina, Juana, fueron unas auténticas profesionales.

Por cierto, el Rey Fernando, no dejó en sus arcas maravedís suficientes para cubrir sus funerales. Otro gran profesional que no hizo préstamo alguno ni a Juana ni a Catalina.

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