Maduro no tiene quien le escriba

En realidad sí lo tiene, aunque buena parte de las misivas que le llegan al programa radiofónico de los sábados son críticas al gobierno y a la figura que el propio Nicolás Maduro Moros representa. Una de las últimas, formulada por un joven estudiante del que nada se sabe desde entonces, le reprocha al máximo mandatario de la República Bolivariana de Venezuela su desdén hacia la ciudadanía, sobre la que llega a denunciar literalmente que está pasando hambre.

Ignoro qué pensará Trump, en boga más por sus exabruptos que por declaraciones sensatas, de ese otro prohombre que como el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica también se las trae. Tiempo de sobra habrá durante los próximos cuatro años, me temo, para centrarnos en las andanzas del caballero del flequillo oxidado. Hoy, por el contrario, me toca escribir acerca de ese delfín que fue de Hugo Chávez y que ahora ocupa el cargo que dejó vacante el comandante tras su fallecimiento en 2013. Si bien, no es un tema que me fascine en exceso, ciertamente, sobre todo desde que las instituciones políticas y gubernamentales de aquel atractivo país de la América Septentrional se han venido tomando por las nuestras como el metro de platino iridiado para medir pros y contras de lo que algunos ya presumen como interludio hacia una república post bolivariana, ejemplo de lo mejor y también de lo peor que puede ofrecernos.

Que Maduro no es Chávez ni se le asemeja, huelga mencionarlo. Tampoco goza, ni gozará me temo en el futuro, del clamor popular hacia el líder carismático que fue en vida, y sigue siendo ahora en la muerte, el comandante. Por eso viene echando mano desde entonces, el presidente venezolano, a todo aquello de excelso que aquél dejó en herencia a su pueblo, no sé si para redimirse de algún modo o para apuntalar como buenamente puede su ministerio. Y qué mejor manera de hacerlo, que subvencionando el rodaje de un film que escenifique la vida y la obra de aquel santo varón que acostumbraba a vestir sudadera a todas horas. Sólo le faltaba algo así, para acabar elevándose a los altares. Tampoco sería tan extraño que así fuese, después de todo, conociendo como conocemos la devoción mariana del comandante, o eso es lo que nos han contado.

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