Más sobre la modernidad líquida

En mis colaboraciones de esta semana “he utilizado” a Zygmunt Bauman, fallecido el pasado lunes, para intentar definir  la crisis profunda que afecta a la sociedad donde nos ha tocado vivir y convivir, y que él definió como “modernidad liquida”. Hoy voy a acudir a las reflexiones de Daniel Innerarity, probablemente uno de los mejores analistas actuales, para intentar mejorar nuestra comprensión de “lo nuevo”. Simplemente porque sólo se puede intentar cambiar una realidad compleja como la nuestra, aproximándonos (con dudas incluidas)  a ella de modo inteligente ((intus-legere).

La primera constatación es que lo “novedoso” provoca  desconcierto no sólo al humanoide corriente sino también a las élites, las viejas y las nuevas. Los que están en posiciones directivas no entienden lo que está ocurriendo. Viven en entornos cerrados que les impiden ver lo corrosiva que es la persistente desigualdad y la diferencia de oportunidades. No hay experiencias compartidas ni visión de conjunto; tan solo la comodidad privada, de una parte, y el sufrimiento invisible, de la otra. Quienes se han turnado en la dirección de los asuntos públicos no han entendido lo corrosivo que está resultando para la democracia una persistente desigualdad y la diferencia de oportunidades.

Están pasando cosas imprevistas, también para quienes en principio disponen de los mejores instrumentos para conocer la sociedad y anticipar su posible evolución: resultados electorales desconcertantespérdida de referendos contra todo pronóstico, avance de fuerzas políticas reaccionarias… El pabellón de los desconcertados está formado por gente de variada procedencia, tanto de derechas como de izquierdas, los conservadores clásicos y los pijos progresistas, el Partido Republicano americano y los Clinton, los socialdemócratas y los democristianos europeos… En tiempos de fragmentación, lo único transversal es el desconcierto, aunque a la derecha le suele durar menos. Por lo general, los conservadores se llevan mejor con la incertidumbre y no tienen demasiadas pretensiones de formular una teoría de la sociedad, mientras las cosas funcionen. La izquierda suele sufrir más con la falta de claridad y tarda mucho tiempo en comprender por qué los trabajadores votan a la extrema derecha. De ahí el amplio debate acerca de qué debe hacer la izquierda (la vieja y la nueva) para recuperar alguna capacidad estratégica en medio de una situación que ni comprende ni, por supuesto, controla.

Las élites argumentan que ciertas reacciones no son razonables ni ofrecen las soluciones adecuadas, y es cierto, pero eso no les exime de la responsabilidad de indagar en las causas de ese malestar y pensar que tal vez estén haciendo algo mal. Insistir en que la política es representativa, que la globalización ofrece muchas oportunidades y el racismo es malo, es algo que solo vale para tener razón, pero no sirve para hacerse cargo de por qué resulta tan irritante el elitismo político, qué dimensiones de la globalización representan una amenaza real para mucha gente y qué aspectos del conflicto multicultural deben resolverse con algo más que buenas intenciones.

Una de las consecuencias de esta ruptura es la incapacidad de entenderse unos a otros, no solamente desde el punto de vista de compartir objetivos comunes, sino también desde el meramente cognitivo: hacerse cargo de lo que les pasa a los otros, de las razones de su malestar, antes de denigrar el hecho de que no tengan soluciones verdaderas a ese malestar o se dejen seducir por ofertas políticas que no representan ninguna solución

El problema es que tampoco la gente es necesariamente más sabia que sus representantes, por lo que esa fórmula de elitismo invertido que es el populismo no soluciona nada. El problema de fondo es la falta de mundo común. Las soluciones solo se alumbrarán compartiendo experiencias, es decir, emociones y razones; si, en vez de seguir enfrentando las razones de los de arriba con las pulsiones de los de abajo, aquellos interpretan adecuadamente las irritaciones de estos, condición indispensable para que los irritados puedan confiar en las intenciones y capacidades de quienes les representan.

Tal sociedad  “novedosa” repleta de inseguridades e incertezas no permite optimismos vacuos, pero tampoco pesimismos radicales. El mismo Innerarity juega con las palabras:”optimismo escéptico” y/o “pesimismo escéptico”. El factor  común es un escepticismo “activo”, que sabe manejar de modo inteligente (y por tanto con cierta dosis de duda) el vaso medio lleno y/o medio vacío.

Un comentari a “Más sobre la modernidad líquida

  1. Jo crec que a pesar de tot el mandat de Donald Trump tendrà efectes positius, perquè posarà damunt la taula debats que ara es consideren tabú com per exemple: s’ha de limitar la immigració per motius econòmics? el món occidental s’ha de protegir davant el dumping social de Xina?

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