Nacionalismos e identidades imaginarias (I)

Juan de Mairena, ese apócrifo profesor de retórica proyectado por Antonio Machado, hablando en su nombre, o quién sabe si en el de su abuelo masón y liberalote, se refería a los nacionalismos en los siguientes términos: «De aquellos que se dicen gallegos, catalanes, vascos, extremeños castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse.

-Según eso, amigo Mairena –habla Tórtolez en un café de Sevilla-, un andaluz andalucista será también un español de segunda clase.

-En efecto –respondía Mairena- : un español de segunda clase y un andaluz de tercera.» Antonio Machado, Juan de Mairena, Madrid, Cátedra, 2015, p. 45.

Esas cosas escribía Machado en los quejumbrosos años de la Guerra Civil y hacia bien que fuera un heterónimo quien hablara no sabemos si acaso por él, pues más allá de esos versos que inauguran unos ya lontanos Campos de Castilla (1912; 1917) donde D. Antonio afirma: «Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,/pero mi verso brota de manantial sereno;/ y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, /soy en el buen sentido de la palabra, bueno» aparecido en El liberal de 1918 da a entender por dónde va el tema. Es cierto que es un Retrato, tan falsario e imaginario como real, recuérdese al sabio Montaigne quien dice ser él mismo su propio libro o a D. Miguel gritando en el pozo del convento de San Esteban «yoooooooooooooo». Esto de la identidad tiene algo de literario e imaginario, ya sea personal, ya sea colectivo, pero ahí está. Y buena parte del discurso intelectual del pasado s.XX, aún enraizado en el XIX, aborda el problema: del yo freudiano que ya no se reduce a autoconsciencia, la literatura de Pessoa con sus heterónimos al espíritu de los pueblos o los totalitarismos que ensombrecieron la paz de la tierra en nombre del pueblo como bien supieron hollar con su indeleble huella el suelo alemán, italiano y español hasta la ya extinta ETA o el insaciable procés catalán que discute el estado de derecho. Mucho de víscera y entraña tiene un sentimiento que se antepone a la razón porque se pretende como razón misma. Algo de literario y ensayístico tiene la identidad. El escritor franco-libanés Amin Maalouf ha producido quizás el que a mi juicio sea el ensayo más brillante sobre el tema. Su texto Identidades asesinas (1998) es un análisis lúcido como el que más sobre el tema en cuestión a la vez que sus páginas todas están regadas de buena reflexión moral. No tiene Maalouf una concepción esencialista de la identidad, «la identidad no se nos da de una vez por todas, sino que se va construyendo y transformando a lo largo de toda nuestra experiencia» (p. 31). El proceso de definirse –como persona y no menos en relación con el grupo al que refiere la persona- es un proceso dinámico que pone en juego la confrontación con aquello que no se quiere ser o no se puede ser. Pero, ¿qué sucede cuando sobresale el aspecto más preeminente del discurso identitario, cuando el San Jorge cobra conciencia de ser San Jorge y tiene que matar al dragón? ¿Quién es el dragón y quién San Jorge?

Las identidades, ya lo señala, tienen tanto de imaginarias -que no irreales- como de asesinas. Como todo discurso tiene pretensiones omniabarcantes y totalitarias: «hay un Mr. Hyde en cada uno de nosotros; lo importante es impedir que se den las condiciones que ese monstruo necesita para salir a la superficie.» (p.36); es ese Mr Hyde sombrío el que aparece frecuentemente en escena y, a la vez que irrumpe, rompe la certeza y la esperanza en unos derechos y una fraternidad universal. Pero de ahí no se sigue la indiferencia común de todo el género humano; la identidad existe. Tampoco se agota en un esencialismo imposible ni se difumina en un universalismo irreal. No en balde sostiene Maalouf que «aunque cada uno de esos elementos está presente en gran número de individuos, nunca se da en la misma combinación en dos personas distintas, y es justamente ahí donde reside la riqueza de cada uno, su valor personal, lo que hace que todo ser humano sea singular y potencialmente insustituible.» (p. 19). De este modo, la identidad no puede ser simplemente un género –un instrumento clasificatorio- que anule la diversidad ni puede conllevar a una ilusión universalista que la difumine; hay un elemento insustituible en cada persona y es desde ese mismo elemento –la proporción en la que los constituyentes de una identidad colectiva se da- desde donde se da lugar a un individuo tolerante o a un sanguinario fanático. Es obvio que todo este análisis nos aleja de una concepción esencialista que trata la identidad de las personas y-de modo concreto- la cuestión de la nacionalidad como si de clases naturales se tratara. Sin embargo, tales esencias hace mucho tiempo que dejaron de frecuentar una realidad cada vez más dúctil u líquida. Lo esencial hoy es la inesencialidad. De ahí, no menos, que Maalouf sostenga una postura aperturista, aunque sea ya desde un plano moral y no simplemente analítico. Así se cumple lo afirmado por Geertz; no se trata de ver al otro como una alternativa a nosotros mismos, sino como una alternativa para nosotros. Maalouf expresa la misma idea al apuntar que: «Una vez más la palabra clave es reciprocidad» (p.50). ¿Y acaso ahí no entre en juego la misma idea de justicia como virtud suprema de las instituciones sociales al decir de Rawls? Lo que parece que ha destilado todo el proceso de modernidad iniciado ya en el Renacimiento es que el sujeto de derechos es la persona individual con su labilidad y su autonomía. No es eso ningún punto final, sino una tensión irresoluble, casi un drama calderoniano. Recuérdense las palabras de Segismundo en La vida es sueño«: ¿y yo, con más albedrío, tengo menos libertad?». La libertad se da en un contexto y por referencia al otro, que no es menos libre. Es éste un frágil equilibrio donde compite con la igualdad. Quizás de la tríada libertad, igualdad y fraternidad, las tensiones entre las dos primeras sólo pueden ser reconciliadas por la fraternidad como virtud ética y política, algo, desde luego, muy alejado de la común praxis discriminadora de quienes se aferran a atávicas esencias.

2 comentaris a “Nacionalismos e identidades imaginarias (I)

  1. Muy, muy bueno Andrés. Mi más ferviente enhorabuena.
    “Mucho de víscera y entraña tiene un sentimiento que se antepone a la razón porque se pretende como razón misma”.
    «La identidad no se nos da de una vez por todas, sino que se va construyendo y transformando a lo largo de toda nuestra experiencia»
    Un abrazo muy especial,

  2. Aquí una anécdota que de seguro sabrás apreciar:
    Caín Guerra -decía mi abuelo- era mi maestro más querido pero era comunista (este ‘pero’ que le dolía a mi abuelo, te puedes imaginar que, según se dice, acabó siendo sangriento). Este Caín era ficcional: el nombre se lo dio mi abuelo porque, según sus propias palabras “tres años me dio Poesía y en tres años no se presentó. Sólo de él supimos con relativa certeza el apellido y porque se le escapó”. Les explicaba marxismo mezclado con Bergson e incidía especialmente en las lecciones que dedicaba a la poesía de Machado. Sobre él reflexionaba pensando en la identidad. Así decía -y cito de memoria- “la identidad es alteridad. Algún teutón por ello la ha desterrado. ¿Debemos nosotros obrar igual? En absoluto: el español permite el tránsito más ningún otro romance. ¿Españoles somos? El Aquinate nos chilla pero ¿españoles existimos? La Filosofía se nos tira encima. A lo lejos aparece el español y, barroco, en claroscuro, nos da el estar”. No recuerdo cómo seguía pero se que acababa con un “un español no puede pensar ‘enserio ser o no ser, he ahí la cuestión'”.

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