Nacionalismos e identidades imaginarias (II): ¿está vigente la idea de nación?

La idea de nación parece ser el eje que, junto con la identidad a la que va asociada, gravita toda la nebulosa nacionalista. El problema, así, pese al sentimiento que genere de rechazo o aceptación sin más, ha sido objeto de estudio por parte de diferentes intelectuales. A propósito del termino nación apunta Hobsbawmque su significado primigenio refiere a una colectividad política o estado que reconoce un centro común y supremo de gobierno. La definición es moderna, aparece en la edición de 1884 del diccionario de la RAE y, paradójicamente, el nacionalismo apela a un inveterado mito fundacional. Nada más lejos, pues, de una realidad histórica. Por su parte, Ernst Gellner, revisando a Renan, indica que las naciones son para el pensador francés unidades voluntarias. Es decir, el concepto que dominara buena parte del discurso ideológico del s.XIX se apoya para el autor de la Vida de Jesús en un acuerdo sin bases históricas o sin presupuestos dados de una vez por todas, en suma, sin esencialidades. Esa misma idea que D. Julián Marías, señalaba en 1947 en su Introducción a la Filosofía a propósito de las unidades históricas al decir que «La unidad histórica que alcanzó plena vigencia en Europa durante el siglo XIX fue la de nación» para añadir, a continuación que «Hoy no existe en nuestro mundo una unidad histórica que goce de plena vigencia. La nación no lo es ya; la clase o la raza no han llegado a serlo nunca, ni es probable que –por razones intrínsecas-lo sean jamás» (op. cit. p. 50). La historia no hace profecías, aunque tiene profetas y charlatanes.Vigencia no tuvo porque cuando no se sabe de qué se habla poco aprecio puede tenerse a un concepto, se devalúa sin más y no deviene sino calderilla del pensamiento o, lo que es lo mismo, pensamiento barato de ese limosnero y apaciguador de conciencias; no pensamiento.

El nacionalismo, ya se ha dicho, es víscera, víscera que quiere pensar y, por ende, lo peor que puede sucederle al pensamiento que ni es tan frío ni glacial como se cree. Así, si aún así tuviera vigencia y no se hubiera devaluado ¿debería seguir teniéndola? Creo que no, frente a la depauperización progresiva de la vida social, cabe establecer una coyuntura más sólida. La posición de quien estas líneas escribe es conocida: una mala idea que ha traído más problemas que ventajas, las únicas, de carácter económico para una pequeña minoría y, a la larga, a través de sus diferentes economías proteccionistas, una pérdida general de talento o, lo que es lo mismo, el triunfo de la mediocridad. Pero no es éste el análisis que me interesa destilar aquí, sino el ethos nacionalista. No le falta razón al que, pávido de terror, ve como su mundo de certidumbres y costumbres o su lengua amenazan con extinguirse ante una masa que percibe uniforme y uniformizadora. Sin embargo, frente a un hipotético universalismo homogeneizador y lejos de las nebulosas de los mitos fundacionales –no se olvide, como señala Renan, el olvido o la amnesia son fundamental para toda ideología nacionalista- está el pacto que emana de saberse libre. Y es la voluntad de ser ciudadano –que no súbdito- de una comunidad reflexiva la única que crea nación. El problema es que ni el pacto ni a reflexión se dan de una vez por todas, sino que se renuevan cada día, la revisabilidad, sea en la razón pura, sea en una peculiar razón de estado, están a la orden del día. La vida social sólo puede emanar de la participación ciudadana activa y, para ello, es menester educar e ilustrar a la ciudadanía. Sostiene Gellner que los modernos nacionalismos se vinculan a procesos de alfabetización y de instrucción imprescindibles para la producción en sociedades industrializadas. Y posiblemente tenga razón. Esa misma instrucción imprescindible para estar en el mundo puede devenir en anteojeras de súbditos o educación genuina que libera y no meramente instruye. Obviamente los vagos y maleantes que nos dedicamos al ocio que procuran las humanidades y que con frecuencia no recibimos un euro por nuestras investigaciones o iniciativas culturales nos decantamos por ese gozoso dejar pasar el tiempo ejercitando la crítica en el café, el aula o las páginas de la prensa amable.

Apelan sus defensores con frecuencia a un argumento falaz del tipo tuquoque o tú también, de otra manera, hay un fatum ineluctable que nos conmina a elegir entre un nacionalismo de uno u otro pelaje y, ante esa disyuntiva, uno debe quedarse con lo suyo. Sin embargo, como todo razonamiento falaz, no da buenos frutos. No se trata de elegir entre uno u otro, sino entre una concepción de la vida pública cerrada y anclada en un imaginario más bien monstruoso que se actualiza periódicamente y que sistemáticamente excluye y subordina o entre una vida política que parte de la autoconciencia de su artificialidad, su revisabilidad constante y que haya sus fundamentos en una utopía tan poco molesta como pueda ser la Declaración de los derechos humanos o, la asunción básica de que el sujeto de derecho es el individuo y de que éste es merecedor de una dignidad no negociable. No deseo vigencia alguna para un conjunto de ideas que instrumentalizan personas y subordinan su dignidad a lo que claramente son intereses pequeñoburgueses de provincias, una miopía autoimpuesta que no permite ver más allá de las propias narices de uno y que aún tiene que realizar el esfuerzo ilustrado de pensar por sí misma. Frente a los localismos, está el universalismo de una razón crítica como ethos posibilitado por la burguesía ilustrada pero que, evidentemente, va mucho más allá y reconoce, casi como final de la historia, la dignidad inalienable de cada quien. ¿Nación de naciones? ¡No nos hagan perder el tiempo con escudos y pesetas cuando vivimos en el euro!

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